A MANERA DE PROLOGO.
La historia es una ciencia viva y es a la vez un arte de elevada jerarquía que confina con la poesía y aún se nutre de ésta. “Cosa inefable y divina” la llamó Tomás Carlyle (1795-1881) autor del famoso libro, “Los héroes y el culto de los héroes”.
El exceso de erudición y técnica despojan a la historia de su carácter literario, para convertirla en museo de cosas inanimadas, documentos inexpresivos, en frío catálogo; en aquel cementerio de cifras y de nombres de que habla Ernesto Renán (1823- 1892).
Es tan necesario el elemento subjetivo en la composición histórica que Menéndez y Pelayo, maestro español (1856- 1912) atribuyó las mayores bellezas de las grandes obras a la pasión del autor. Dice que la vida humana es un drama y que el historiador aspira a reproducirla. “Puede ser crítico, puede ser erudito, mientras reúne los materiales, sopesa los testimonios e interroga los documentos: pero llegado a escribirla no es más que artista; y no tanto que quiere dar lecciones, aunque lo anuncie, como reproducir formas y colores y aún más que estos accidentes externos o pintorescos de la vida, la vida moral que palpita en el fondo.”
No se pretende dar lecciones. No pretendo darlas.
Tratando de abarcar distintas situaciones que nos parecen importantes, significativas, de un período histórico y que nos permiten sacara la luz sucesos interesantes. Debemos hacerlo “universalista”, sin pretender dar respuestas a interrogantes profundas. Individualmente nos planteamos en algún momento de nuestra vida, ¿de dónde venimos, qué somos, para qué estamos, qué nos pasa y por qué somos así y no como los demás?
Es obvio que la historia no contesta todos estos interrogantes, pero es innegable que nos ayuda a sentirnos parados con más seguridad sobre nuestras raíces.
Seleccionar hechos significativos no equivale a utilizar el poder del historiador de decir: “la historia es tal como yo la digo.” Es usar la facultad del que escribe historia; de establecer que ciertos hechos son más relevantes que otros y solo eso. Escribir una historia perfecta es casi imposible. Por tal motivo es necesario seleccionar y descartar hechos. Algo arbitrario y relativo también, por qué depende de una manera de mirar el pasado, de la búsqueda de ciertos valores, de una ideología, de la enseñanza.
Precisamente, esto es, lo que hace apasionante a la historia. Nunca, una versión tiene que establecerse descartando las otras. Siempre hay una forma de mirar el pasado de otra manera, de sacar otras enseñanzas, otro fruto, de reconstruir el pasado según los elementos que se consideren mejores para su estudio.
La realidad del pasado – indica Marrov en “El conocimiento de la historia”- es más rica y tumultuosa que la que recogemos en los documentos. Siempre hay algo más, porque ella es pretérita y compleja. Sólo alcanzamos su inteligibilidad cuando se descubren “Las relaciones que unen cada etapa del devenir humano a sus antecedentes y consiguientes.”
De esto no se infiere que haya un encadenamiento indispensable de los acontecimientos; por el contrario, muchas veces hay hiatos. El desafío está en descubrir los encadenamientos donde quiera que ellos se den.
La Banda Oriental del Uruguay y la República Oriental del Uruguay, en las distintas etapas de su historia, del descubrimiento, de la conquista, de la colonización, de la independencia o de la organización nacional, ofrece caracteres típicos, distintos de los que presentan las demás naciones de la América Española.
Su población, sus costumbres, sus tradiciones, su economía, su genio democrático, sus guerras locales, internacionales, sus caudillos, su literatura, sus ensayos constitucionales, su organización política, definen características de mentalidad y espiritualidad propias, revelando la existencia, no de una entidad gregaria, sino de los atributos naturales de una nacionalidad.
La “ciudad” oriental, la nacionalidad oriental, es producto del espíritu localista, cuyo origen está en la prehistoria de la Colonia del Sacramento y Montevideo, y cuya germinación se desarrolla en la época colonial. Este espíritu localista es producto, a su vez, de factores que se relacionan con la geografía, el clima, el elemento étnico primario y que actuaron como causas diferenciales sobre la agregación social, sobre la organización urbana, la autoridad, la legislación, el trabajo, la industria, la familia, la región, la cultura, y determinaron los accidentes y conflictos esenciales que dieron lugar a la formación de la nacionalidad.
El Uruguay forma, pues, un mundo histórico aparte en el escenario del continente. Si fueron las mismas fuerzas externas, las que actuaron en todo el territorio de América durante la conquista y colonización. Si fueron conquistador y colono el mismo personaje histórico y la misma célula social. Si vino la misma raza, la misma lengua, la misma religión, las mismas tradiciones, las mismas instituciones, para todos los centros urbanos de América Española, en el Uruguay determinaron fenómenos internos distintos.
El primero de estos factores, es el étnico primitivo, la raza y el hombre que poblaron nuestro territorio. Una agrupación que constituía una sociedad, con sus tradiciones, sus costumbres, sus características muy propias. La destrucción de esta sociedad dio lugar a una guerra sangrienta y terrible que duró tres siglos, durante los cuales fue descomponiéndose totalmente, pero legando la tradición de resistencia a muerte a todo invasor y contagiando con ella a la población de la campaña y a las clases populares de la ciudad.
El segundo factor, es la colonización española, singular en la Provincia Oriental por la índole de los pobladores indígenas. Por terciar la corona de Portugal en estas tierras. Por la piratería. Por la modalidad de penetración religiosa, franciscana y jesuítica, por las causas de la fundación de sus ciudades, por las características pastoril y agrícola de los colonizadores, por la diferencia geográficas, topográficas y climáticas del suelo, por la importancia económica que dio el desarrollo ganadero, por la supremacía de puertos marítimos y fluviales.
Además de estos factores hay uno que es fundamental y es la época histórica a que corresponde la conquista definitiva de la Banda Oriental y fundación de sus principales núcleos urbanos. Todas las ciudades – cabeza de la América Española pertenecen al siglo XVI, y corresponde a la España de los Austrias. Son hijas del absolutismo.
Las fundaron, poblaron y organizaron hombres vestidos de hierro, prosperando el espíritu feudal, el vasallaje y su misión al señor. Montevideo, nace entrado el siglo XVIII y reinando los Borbones. La fundaron, poblaron y organizaron, funcionarios de peluca rizada y casaca de seda. Labriegos y cristianos viejos.
Felipe V, dejaba el trono a Fernando VI y España en su reinado mantiene una neutralidad absoluta, en las contiendas internacionales con Inglaterra y Australia. Correspondiendo a este período la reforma administrativa y lo que dio en llamarse el despotismo ilustrado. Los reyes se sirven de peritos y ministros extranjeros; en su mayoría franceses y bien prontos españoles. Ensenada, Roda, Campomanes, Florida Blanca, Patiño, Jovellanos y otros.
Al desarrollar y modificar la hacienda (contribuciones y gastos) defendieron la producción literaria y científica, se interesaron por el progreso nacional, atendiendo la industria, el comercio y la marina. Enaltecieron los trabajos manuales. Con Carlos III reinando de 1759-1788 se llega al momento culminante del renacimiento económico y de cultura producido en el siglo XVIII. Se modifican las políticas coloniales y es esta la época de la colonización intensiva del país.
Hasta 1760 se reducía a los centros poblados de Colonia del Sacramento (en manos de Portugal) Montevideo, Maldonado y Santo Domingo de Soriano.
Con el desarrollo de la industria ganadera, la fertilidad de las tierras y otras perspectivas económicas y de paz a partir de 1761- 1763 que se funda el Real de San Carlos (Colonia) se suceden las fundaciones de Paysandú (1772), Guadalupe o Canelones (1774), Capilla en el Pintado o Florida (1779 a 1809), Mercedes (1781), Santa Lucía (1781), San José (1783), Minas (1783), Pando (1787), Rocha (1793), Melo (1795) y Rosario (1810); esta ya figura como Villa desde 1775. En 1810 se hace el reparto oficial y definitivo de tierras.
A este período de mejor administración y desarrollo se le puede denominar de “los buenos Virreyes”, entre los cuales descuellan los nombres de Vertiz, Cevallos, Arredondo, Loreto, etc. Son dos clases de autoridades, de colonos, dos mentalidades, dos conceptos, dos culturas: los españoles del siglo XVI, hijos del absolutismo, de la guerra y la aventura y los hijos de la España renovada del siglo XVIII, de la paz y la tierra ganada por el trabajo. Unos con el espíritu propicio al mantenimiento del régimen autocrático de los privilegios y las diferencias sociales; los otros, favorables a la democracia, a la libertad igualitaria nivelando las clases sociales.
Otro factor fue, la penetración extranjera, en el sentido espiritual y en las derivaciones que ello significó para la mentalidad y la formación de la conciencia jurídica de la “ciudad”.
Esta penetración comenzó con la organización de la piratería y el contrabando que ejerció Portugal en el Río de la Plata, con el afincamiento furtivo de los franceses, ingleses y holandeses y se afirmó con las invasiones inglesas y caída de las ciudades en poder de las tropas de Su Majestad Británica. Esta ocupación marcó un momento crítico en la evolución social, política y económica de la “ciudad”.
El choque entre la mentalidad colonial española, evolucionada por predominio de multitudes criollas y la mentalidad inglesa, dio lugar a curiosas reacciones.
El invasor introdujo la imprenta y con ella… la prensa. Circulan palabras y conceptos que jamás se habían oído en esta región del planeta. Hablo de “emancipación de la servidumbre”, de “justa libertad”, de “defensa de derechos”, que lo repitió hasta el cansancio.
Con la publicación de la Historia de Inglaterra y de las instituciones británicas, inicio una crítica inteligente al sistema español. Con el retiro de las tropas inglesas, se produce el desarrollo de la pubertad democrática oriental.
Sólo se esperaba la llegada del “caudillo”. Para destacar las diferencias notables con el resto de la América Hispana, por un singular contrasentido histórico, el primer caudillo que surgió fue el General Elío, un representante genuino del Absolutismo Español. Este, embriagado de fervor popular, y enfrentado al Virrey Liniers, acusado de francés y bonapartista, para resistirlo y vencerlo, Elío se echó en brazos del pueblo de Montevideo y aceptó que lo eligieran popularmente Jefe de la Junta de Gobierno de 1808. Así se definió entre dos falsos caudillos, Liniers en Buenos Aires y Elío en Montevideo, una guerra que asentaría a los verdaderos caudillos y marcaría las diferencias.
Dos multitudes, dos mentalidades, dos estructuras. Buenos Aires, la ciudad tradicional española, fiel al Rey y a la Monarquía, dominada por una aristocracia, conservadora, intelectual y oligárquica, con su Virrey, su Real Audiencia, su Cabildo de potentados; Montevideo fue la ciudad reconquistadora, de resistencia contra el despotismo de gobernadores y virreyes, dueña de sí misma, con el sentimiento democrático de su población, con un Gobernador electo popularmente y su Junta de Gobierno propia.
La “ciudad” oriental siempre desconfió de aquel movimiento “revolucionario” iniciado y proseguido en nombre de Fernando VII.
Por todo esto y más, la filosofía que surge de esta interpretación sociológica de los hechos históricos es que la nacionalidad oriental no es mera consecuencia del choque de los intereses económicos, de la acción de los caudillos y de las fuerzas políticas y militares que actuaron en la Independencia. Fue también el producto de las almas, sedimento de la resistencia del Charrúa contra el conquistador, de la aspiración que movió a las multitudes coloniales, del sentimiento democrático de los hacendados, agricultores, comerciantes y artesanos que eran en definitiva la población rural y urbana de la “ciudad” de los que defendieron los fueros populares en Cabildos, Juntas y Asambleas. Del sentimiento Artiguista, consignado con las Instrucciones del Año XIII y en la Constitución de 1830.
Pero el Estado Oriental del Uruguay que nace en 1830 – dice Marta Canessa – contiene en su medio ambiente, factores culturales que son motivo de futuros antagonismos político – sociales. El conflicto interno entre “dotores” y caudillos manifiesta una realidad dividida.
Por un lado la ciudad americana, que es el fruto de la civilización europea y que subsiste y se alimenta de la cultura y el intercambio extranjero. Por otro lado, un territorio cuya esencia radica en el señorío de las fuerzas autóctonas, rudas y primitivas que se niegan a admitir a aquella como centro y árbitro, porque para ellas, su centro y árbitro, son los caudillos.
Cuando en 1830 los Constituyentes dieron vida a un código constitucional, tuvieron la ilusión de poder, con la ley, de suprimir la existencia de los caudillos. Pero éstos y su territorio les demostraron que no se pueden pasar por alto las realidades.
El régimen jurídico aseguraba, en apariencia el orden interno inspirándose en modelos europeos y norteamericanos. Mas el país real, sin embargo, se salteó este orden jurídico. Las guerras civiles dominaron el escenario uruguayo hasta por lo menos 1876 en que el coronel Lorenzo Latorre toma el gobierno. En estas guerras se gestaron los dos partidos políticos que pasaron a la modernidad y sobrevivieron en el siglo XX: el colorado y el blanco.
Tan distantes tópicos forman ese mundo oriental; son el desarrollo diferencial de esa cultura tan original, “a la uruguaya”. |