Los vecinos de Vlkolínec cuestionan su estatus de Patrimonio Mundial de la Unesco por la presión turística
Publicada 11/02/26
Vlkolínec, una pequeña aldea del norte de Eslovaquia con apenas 14 habitantes permanentes, se ha convertido en el centro de un debate poco habitual en el ámbito del patrimonio cultural, donde parte de sus vecinos quiere renunciar al estatus de Patrimonio de la Humanidad otorgado por la Unesco en 1993. El motivo no es la pérdida de valor histórico, sino la creciente masificación turística que, según denuncian, ha deteriorado su vida cotidiana.
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Situado a unos siete kilómetros de la ciudad de Ružomberok, en la región de Liptov, Vlkolínec recibe alrededor de 100.000 visitantes al año. Una cifra que contrasta con su reducido tamaño y que, para algunos residentes, ha transformado lo que fue un reconocimiento internacional en una carga difícil de sostener.
Vlkolínec fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial como un ejemplo excepcional de asentamiento rural tradicional de Europa Central
Este pueblo conserva 43 casas de madera prácticamente intactas, un campanario de 1770, una iglesia del siglo XIX y un trazado urbano medieval adaptado a la ladera de las montañas de Veľká Fatra.
Su arquitectura popular y su integración con el paisaje agrícola circundante lo convirtieron en uno de los conjuntos mejor preservados de la región.
Durante décadas, su ubicación aislada contribuyó a mantener su autenticidad, sin embargo, en los últimos años, la popularidad de las guías de viaje y las redes sociales ha disparado la llegada de turistas, atraídos por una imagen casi congelada en el tiempo.
“Viviríamos mejor si nos borraran de la lista”
El aumento constante de visitantes ha generado un profundo malestar entre parte de la comunidad local. “Viviríamos mejor si la Unesco nos quitara del registro”, declaró Anton Sabucha, vecino de la localidad, al diario eslovaco Denník N.
Según relatan los residentes, muchos turistas recorren el pueblo sin restricciones, se asoman a propiedades privadas, fotografían el interior de las viviendas e incluso miran a través de las ventanas.
Como respuesta, han proliferado los carteles de “propiedad privada” y los avisos que prohíben hacer fotografías en determinados puntos.
Para los vecinos, la pérdida de intimidad es uno de los efectos más difíciles de asumir de la exposición internacional.
Un fenómeno excepcional dentro de la Unesco
La petición de los vecinos de Vlkolínec ha llamado la atención porque retirar un sitio de la Lista del Patrimonio Mundial es extremadamente infrecuente.
Desde la creación del programa en 1978, la Unesco solo ha eliminado tres enclaves: el santuario del órix árabe en Omán, el valle del Elba en Dresde (Alemania) y el conjunto Liverpool Maritime Mercantile City (Reino Unido).
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En todos esos casos, la retirada se debió a grandes desarrollos urbanísticos que alteraron el valor universal excepcional de los bienes, y no a la voluntad expresa de los residentes.
El procedimiento, además, es complejo y requiere negociaciones entre el Estado miembro -en este caso Eslovaquia- y la Unesco, así como evaluaciones técnicas exhaustivas.
En el caso de Vlkolínec, la Unesco subraya que el reciente aumento del número de visitantes responde más a tendencias globales del turismo que a la inscripción, que se produjo hace más de tres décadas.
La organización ha desarrollado herramientas específicas para gestionar la presión turística y fomenta el diálogo entre administraciones y comunidades locales para compatibilizar la conservación del patrimonio con el bienestar de los residentes.
Paradójicamente, la propia Unesco reconoce que Vlkolínec es vulnerable al impacto del turismo, que interfiere en la vida diaria de sus habitantes y ha propiciado la llegada de residentes temporales que adquieren viviendas con fines recreativos.
También alerta del riesgo que supone la desocupación de dependencias tradicionales y la falta de usos adecuados para algunos edificios auxiliares.
El debate sigue abierto en esta aldea de apenas cinco hectáreas, protegida por estrictas leyes nacionales y situada dentro de un parque nacional.
Mientras algunos vecinos defienden mantener el reconocimiento como un tesoro cultural global, otros reclaman recuperar la tranquilidad perdida.
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