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Carles Ibáñez. Fuente: Eurecat
Cuando se habla de que están llegando nuevas soluciones para la mitigación y la adaptación al cambio climático en el sector turístico, ¿cuáles serían las principales tendencias?
Estamos hablando de todo un conjunto de soluciones que no son únicamente tecnológicas; a veces también son combinadas. Hay dos grandes bloques. El primero es la mitigación, que aborda las causas del cambio climático: básicamente, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto implica sobre todo tecnologías de descarbonización en los diferentes sectores económicos: transporte, industria, energía… Es decir, todas aquellas que permiten electrificar o reducir el consumo energético.
No basta con electrificar: también necesitamos ser más eficientes, porque para poder electrificar debemos consumir menos energía. El problema actual es que el consumo total mundial crece más deprisa que la producción con renovables, de modo que aún no conseguimos reducir significativamente el peso de la energía fósil. Por eso, además de tecnologías más eficientes, hacen falta cambios de comportamiento, concienciación y sistemas de precios progresivos que pongan límites al consumo y nos ayuden a alcanzar este objetivo.
Las empresas pueden pensar que la mitigación va a equivaler a más costes. ¿Qué les diría?
Las empresas de los sectores más contaminantes ya están obligadas a reducir emisiones por los mercados regulados y los acuerdos de París. Saben que deben cambiar sus tecnologías y ser más eficientes, porque si no, les saldrá más caro.
Otros sectores que aún no están sujetos a estas obligaciones lo estarán en el futuro, y muchos están entrando ya por posicionamiento estratégico, convicción o ahorro de costes. Invertir en eficiencia y descarbonización es también una forma de ser más competitivos.
¿Y el segundo gran bloque de cambios cuál será?
Aquí hablamos de la adaptación, es decir, de las acciones, soluciones y tecnologías necesarias para hacer frente a las consecuencias del cambio climático. Como no hemos mitigado lo suficiente, ya sufrimos efectos importantes y debemos adaptarnos.El abanico de acciones a desarrollar es amplísimo, porque todos los sectores económicos y toda la sociedad están expuestos: olas de calor, inundaciones, temporales marinos, problemas agrícolas o pesqueros….
El sector primario y el turístico son quizá los que más están notando los impactos, pero en realidad cada empresa y cada territorio es distinto. La mitigación es global, todos debemos reducir emisiones; la adaptación, en cambio, es local, porque cada lugar debe prepararse según sus condiciones específicas.
En la primera quincena de agosto de 2025, durante la ola de calor, se registraron valores 4,6 °C por encima de los de referencia en el Mediterráneo. ¿Por qué ocurre esto y cómo afectará al turismo?
El Mediterráneo es un caso especial por su geografía y latitud. Está cerca del continente africano y de zonas desérticas, y es un mar semicerrado que se calienta con facilidad. Todo esto hace que sea una de las zonas del planeta, a nuestra latitud, que más rápido se está calentando. Primero se calentó la atmósfera; ahora ese calor se está trasladando al mar y ya provoca problemas en la pesca, la acuicultura y la biodiversidad marina, pero también en el turismo. Cuando se alcanzan temperaturas cercanas a los 40 grados durante varios días, mucha gente empieza a replantearse venir en verano o prefiere desplazarse hacia el norte, algo que ya está ocurriendo.
¿También tendremos que acostumbrarnos a DANAs y temporales más fuertes y recurrentes en el Mediterráneo?
Sí, claro. Hay más energía en la atmósfera y en los mares, atrapada por el efecto invernadero. Y más energía significa incendios más potentes, lluvias más intensas, olas de calor más agudas.
Estamos ante una acentuación de todos estos efectos, y lo preocupante es que no es lineal: es exponencial. Los expertos lo advertimos desde hace décadas y aún cuesta entenderlo. Por desgracia, esto no ha hecho más que empezar. Ahora los efectos se notan más porque se acelera el aumento de temperatura y del nivel del mar, y la gente empieza a percibir claramente cómo impacta en la economía, la salud y los ecosistemas.
Lo que hemos visto en 2025, como la oleada de incendios en Castilla y León, las DANAs en la costa mediterránea ¿es una antesala de lo que nos espera?
Exactamente. Las consecuencias se agravan en el espacio y en el tiempo: habrá más lugares y más periodos con eventos extremos. Pero lo más preocupante no son solo esos episodios, sino la tendencia al alza promedio.
El nivel del mar ya está acelerando su subida, y cuando alcancemos medio metro o un metro a final de siglo, no será solo que los temporales sean más destructivos: la propia subida hará inviable mantener algunas playas e infraestructuras costeras. Además, el impacto de los temporales se multiplicará. No es un efecto sumatorio, sino multiplicativo, y eso será muy difícil de gestionar.
¿Los efectos del cambio climático serían como una bola de nieve que cae ladera abajo?
Correcto. Yo suelo usar otra imagen: la subida del nivel del mar es un tsunami a cámara lenta, pero sigue siendo un tsunami. Es una ola que crece cada vez más rápido, y si no la anticipamos, no estaremos a tiempo de reaccionar.
Recuerde el ejemplo de la covid-19: al principio parecía algo lejano, pero en pocas semanas lo teníamos aquí. Con el cambio climático pasa lo mismo. Es una dinámica explosiva, aunque más lenta, pero crece de forma exponencial.
Por eso debemos anticipar y planificar. Prevenir los daños será siempre mejor que reaccionar. Llegará un momento en que ni las aseguradoras ni los gobiernos podrán asumir los costes. De hecho, ya hay infraestructuras y propiedades que no se aseguran. Hay que cambiar de estrategia: anticiparse, planificar y prevenir, también con tecnologías de alerta temprana, como en el caso de las DANAs, para reducir daños y salvar vidas.
¿Llegaremos a confinamientos climáticos?
Eso ya está ocurriendo en algunas partes del planeta, sobre todo en India, Pakistán o Irán, donde las temperaturas extremas se acercan a los 50 grados.
Nosotros antes no llegábamos a los 40 y ahora ya los superamos. Cuando esos episodios son cada vez más largos e intensos, los gobiernos se ven obligados a ordenar confinamientos: la gente no puede salir a trabajar ni los niños ir al colegio porque es peligroso.
Además, durante las olas de calor, el sistema energético puede fallar por la demanda máxima de electricidad, y si eso provoca un apagón, la situación se vuelve crítica. Sin aire acondicionado con más de 40 grados, la población solo podría refugiarse en puntos climáticos seguros con energía garantizada, pero serán muy limitados. Eso podría desembocar en una crisis grave, que aún no hemos vivido, pero que puede llegar.
O sea, ¿el escenario de un confinamiento climático en plenas vacaciones de agosto podría ser una realidad en unos años?
Sí, podría ocurrir. De hecho, ya se están cumpliendo las peores previsiones que los expertos hicieron hace treinta años. El último informe del IPCC sobre el nivel del mar habla de subidas de hasta cinco metros, e incluso de quince metros el próximo siglo.
Hoja de ruta para los destinos: planes de resiliencia climática
Ante los riesgos del cambio climático, Carles Ibáñez considera más necesario que nunca, como hoja de ruta de los destinos, “desplegar estrategias y planes de acción de resiliencia climática a nivel territorial”.
Carles Ibáñez es director del Centro en Resiliencia Climática de Eurecat, el centro tecnológico de Cataluña, es doctor en Biología por la Universidad de Barcelona y autor de más de 200 publicaciones en revistas científicas internacionales y capítulos de libros. Ha participado como conferenciante en más de 100 congresos internacionales y ha sido revisor experto del quinto informe del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) de Naciones Unidas. Editor asociado de la revista científica Estuaries & Coasts, también ha coordinado diversos proyectos nacionales e internacionales de restauración de ecosistemas y de soluciones basadas en la naturaleza, especialmente en zonas húmedas y costeras.
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