Capri impone límites al turismo organizado ante la presión de miles de excursionistas

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Publicada 27/02/26

Capri (Italia), icono del Mediterráneo asociado durante décadas al lujo discreto y al 'dolce far niente', ha decidido intervenir de forma directa en uno de los frentes más sensibles del turismo contemporáneo: la gestión de los flujos masivos. Este verano, la isla limitará el tamaño de los grupos organizados y prohibirá a los guías el uso de altavoces y paraguas identificativos, en un intento por aliviar la presión que soportan sus calles.

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Capri, isla situada en la bahía de Nápoles, célebre por la Gruta Azul, sus acantilados y su tradición de escapadas exclusivas desde la posguerra, intenta redefinir el equilibrio entre atractivo global y capacidad real.

La isla no cierra la puerta a los visitantes, pero introduce un marco más estricto en la gestión de grupos organizados, en línea con un debate que se extiende por numerosos destinos europeos con fuerte dependencia turística y espacio físico limitado.

El destino recibe hasta 50.000 visitantes diarios en temporada alta, frente a una población residente que oscila entre 13.000 y 15.000 habitantes.

Capri limita los grupos turísticos y prohíbe los paraguas de guía ante la presión de 2,7 millones de visitantes
Capri. Fuente: Unplash.

La desproporción no es nueva, pero sí cada vez más visible en los estrechos callejones, miradores y accesos al funicular que conecta Marina Grande con el centro de Capri y con Anacapri.

Las nuevas normas establecen que solo podrán desembarcar grupos de hasta 40 personas. En aquellos que superen los 20 integrantes, los guías deberán utilizar auriculares o receptores individuales en lugar de altavoces. Además, se prohíben elementos llamativos como paraguas o banderas; únicamente se permitirá portar pequeños carteles o paletas reglamentarias para facilitar la identificación.

El objetivo, según las autoridades locales, es reducir la congestión en puntos críticos y preservar la habitabilidad de la isla

Los grupos deberán mantenerse compactos, no obstaculizar el paso y dejar espacio suficiente para residentes y otros visitantes. El Ayuntamiento también trabaja en medidas adicionales para regular el tráfico marítimo en el puerto de Marina Grande, incluyendo la posible limitación de desembarcos en determinadas franjas horarias.

Capri limita los grupos turísticos y prohíbe los paraguas de guía ante la presión de 2,7 millones de visitantes
Turistas llegando a la Gruta Azul es una notable cueva marina de la costa de la Isla de Capri, en Italia. Fuente: Adobe Stock.

La decisión se inscribe en un contexto más amplio de reacción frente al turismo de masas en Italia, en los últimos años, el país ha introducido restricciones en enclaves emblemáticos: control de visitantes en la Fontana di Trevi, tasa de acceso para excursionistas en Venecia, limitaciones al alquiler vacacional en Florencia o barreras en localidades del Tirol del Sur. Capri, con su perfil internacional y su limitada capacidad física, se suma ahora a esta tendencia regulatoria.

El alcalde Paolo Falco ha defendido públicamente la necesidad de “salvar la belleza” de la isla ante la creciente saturación y ha sido apoyado por empresarios locales, que también han respaldado la medida.

Lorenzo Coppola, presidente de la asociación de hoteleros, lo ha defendido a Euronews como un acto de responsabilidad para “descongestionar las zonas críticas”.

El estudio Overtourism e strategie di contenimento: il caso Capri”, presentado en 2024 por el profesor Antonio Preiti (Universidad de Florencia), cuantifica la magnitud del desequilibrio. En los últimos años, la isla ha superado los 2,7 millones de llegadas anuales, con picos que alcanzan unos 1.200 visitantes por kilómetro cuadrado en temporada alta, una cifra considerada crítica para muchos destinos.

El dato más revelador es la composición del flujo, alrededor del 90 % de quienes llegan lo hacen solo por el día. Por cada persona que pernocta en la isla, más de diez regresan esa misma tarde al continente o a su crucero.

Esta concentración en pocas horas multiplica la presión sobre el puerto, el transporte interno y los servicios básicos, muy por encima de la población residente.


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