Qué hacer y ver en Venecia, más allá de los canales y la Bienal de Arte
La Bienal de Venecia dará comienzo en mayo
Publicada 19/04/26
Añadir HOSTELTUR en Google¿Pensando en viajar a Venecia a partir de mayo de 2026? Pues esto te interesa: te encontrarás con la 61ª Exposición Internacional de Arte -la Bienal de Venecia (Biennale Arte di Venezia)- funcionando a pleno rendimiento desde el día 9 hasta noviembre, lo que en la práctica se traduce en pabellones saturados, colas de hasta una hora en los accesos más mediáticos y una demanda hotelera que dispara los precios sin piedad. Eso ocasionará que tu experiencia pueda reducirse a una sucesión de esperas y desplazamientos frustrantes si no llevas un plan claro. Pero para ayudarte, te planteamos una hoja de ruta que no solo esquina las aglomeraciones, sino que convierte ese caos aparente en una ventaja: horarios estratégicos, sedes secundarias que se mantienen al margen del bullicio, y una Venecia secreta que sigue esperando ser descubierta entre los brochazos del arte contemporáneo.
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Viajar a Venecia durante la Bienal no es simplemente asistir a una exposición, es sumergirse en un ecosistema donde el arte contemporáneo dialoga con una de las urbes más extraordinarias que el ser humano haya construido sobre el agua. El viajero que aterrice desde mayo encontrará una ciudad que respira creatividad por cada uno de sus poros, desde los pabellones oficiales hasta las esquinas más insospechadas de Dorsoduro o Cannaregio.
La cita tiene nombre y fechas: In Minor Keys, título de esta 61ª edición concebido por la recientemente fallecida curadora Koyo Kouoh, cuyo legado intelectual vertebra una exposición que la Bienal ha decidido mantener intacta, como un acto de fidelidad artística y memoria.
La gran apertura al público será el 9 de mayo, con tres días previos de vernissage -6, 7 y 8 de mayo- donde la ciudad se puebla de críticos, galeristas y artistas en un hormigueo que conviene observar casi como un espectáculo paralelo. La clausura llegará el 22 de noviembre, lo que otorga una ventana generosa para planificar la escapada.
De mayo a septiembre, los pabellones de Giardini, Arsenale y Forte Marghera abren de 11:00 a 19:00 horas (último acceso a las 18:45). Pero con un matiz, el Arsenale prolonga su jornada los viernes y sábados hasta las 20:00 -último pase a las 19:45- durante todo el período estival. Llegado octubre y hasta el cierre definitivo el 22 de noviembre, el horario se adelanta: de 10:00 a 18:00 horas (acceso hasta las 17:45).
Atención a los lunes: todas las sedes permanecen cerradas, salvo cuatro excepciones puntuales que conviene anotar en la agenda: 11 de mayo, 1 de junio, 7 de septiembre y 16 de noviembre
Los escenarios del gran despliegue
Tres son las sedes principales que articulan el recorrido oficial:
Los Giardini, el corazón histórico de la Bienal desde su fundación en 1895, albergan los pabellones nacionales permanentes. Y allí, países con tradición artística arraigada despliegan sus propuestas en edificios que son, ellos mismos, piezas de historia arquitectónica.
A un cuarto de hora caminando -si no se distrae uno con las vistas del Canal de San Marcos- se llega al Arsenale, el antiguo complejo de astilleros venecianos que la Bienal transformó en un espacio de dimensiones colosales, ideal para instalaciones de gran escala y propuestas más arriesgadas.
La novedad de 2026 es Forte Marghera, una incorporación que situado en la tierra firme de Mestre, este fuerte del siglo XIX se suma al circuito como un tercer polo expositivo.
Consejo para el viajero eficiente: no intenten abarcar las tres sedes en una sola jornada. Dos son factibles con ritmo sostenido; la tercera merece una mañana exclusiva, quizá combinada con una incursión por la Venecia menos fotografiada
La ciudad como pabellón difuso
Sería un error reducir la experiencia solamente a las sedes institucionales, ya que durante los meses de la Bienal, Venecia se convierte en un palimpsesto de eventos colaterales. Los llamados collateral events -exposiciones oficialmente reconocidas pero organizadas por instituciones externas- ocupan palacios renacentistas, antiguos almacenes y conventos desacralizados.
Caminar sin rumbo por el barrio de Castello puede deparar el hallazgo de una videoinstalación en un espacio que durante el resto del año permanece cerrado al público. Esa imprevisibilidad es, quizá, el mayor lujo que ofrece la Bienal al viajero curioso.
Y luego está el resto de Venecia, porque uno no puede pasar varios días en la 'Serenissima' sin entregarse a sus rituales seculares. El viajero inteligente combina el arte contemporáneo con lo inmutable, con el reflejo de los palacios en el Gran Canal al atardecer, el vértigo silencioso de la Basílica de San Marcos cuando la luz entra por los mosaicos dorados, el ritual de un spritz en una cantina de la que no guardará la dirección pero sí la sensación.
La Bienal de Arte de 2022 sigue siendo la edición más multitudinaria -con más de 800.000 visitantes-, mientras que la de 2024 rozó los 700.000 asistentes, lo que confirma que el apetito por el arte contemporáneo en Venecia no ha dejado de crecer
Cuando el cine tomará el Lido
En cambio, para quienes programen su visita entre el 2 y el 12 de septiembre de 2026, el horizonte se ensancha, ya que en esas fechas albergan la 83ª Mostra de Cine de Venecia, el certamen cinematográfico más antiguo del mundo, celebrado en la isla del Lido.
Asistir a una proyección en el Palacio del Cine, con la posibilidad de cruzarse con directores y actores que pasean por el paseo marítimo, añade una capa más de densidad cultural a una estancia que ya de por sí no adolece de estímulos.
Pero ojo, las entradas para las proyecciones más demandadas vuelan. No es una exageración recomendar la compra anticipada en cuanto se publique la programación en la web oficial de La Biennale
Lo que ningún folleto cuenta
El viajero que se aventura a Venecia en época de Bienal debe asumir ciertos verdades, y la primera son las colas, ya que en los días de máxima afluencia, especialmente fines de semana de mayo y junio, los accesos a los pabellones más mediáticos pueden exigir paciencia.
Por otro lado, se encontrará con el agotamiento. De normal en Venecia se camina -y mucho-, pero con la Bienal se camina aún más. El visitante sensato alterna jornadas intensivas de exposiciones con tardes de deriva sin rumbo, donde el único objetivo sea sentarse en una terraza de la Erbaria a observar el tránsito de las embarcaciones con un spritz en mano y el atardecer sobre el Gran Canal de fondo.
Pero la ciudad también guarda secretos para quienes saben mirar más allá del recorrido oficial, como la Scuola Grande di San Rocco, por ejemplo, permanece ajena al bullicio bienal, y sin embargo ofrece un contrapunto histórico deslumbrante: sus paredes están cubiertas por 56 telas de Tintoretto, un ciclo pictórico que explica mejor que ningún discurso por qué esta república de mercaderes fue también una mecenas implacable del arte.
Otra parada que conviene anotar es la isla de San Giorgio Maggiore, justo enfrente de la piazza de San Marcos. Desde lo alto de su campanario -diseñado por Palladio- se obtiene la perspectiva más hermética y menos transitada del perfil urbano, con la cuenca de San Marcos a los pies y la laguna desplegándose como un mapa líquido turquesa.
Y luego están las islas de la laguna: Murano, cuna del vidrio artístico desde el siglo XIII, invita a perderse en sus hornos donde los maestros vetrai moldean la materia incandescente con una destreza que hipnotiza.
Las fábricas, muchas abiertas al público, permiten observar el soplado en directo y adquirir piezas que van desde el modesto recuerdo hasta la escultura de colección
Burano, por su parte, atesora dos tesoros, el primero es el encaje hecho a mano -esa puntada minuciosa que las merlettaie han tejido durante generaciones- y la explosión cromática de sus fachadas. Merece la pena visitarla en horarios extremos, o muy temprano o al atardecer, cuando los colores de sus casas parecen concebidos por un pintor abstracto de le grand tour, y el bullicio diurno se disuelve en la quietud lagunar.
También es digna de visitar la Basílica de Santa Maria e Donato, en Murano, cuelgan tras el altar mayor unas enormes costillas y un diente que según la tradición pertenecieron a un dragón asesinado por San Donato. La ciencia dice que probablemente son restos de ballena. Pero los venecianos, tan dados a la teatralidad, prefieren al dragón.
Algo que apenas unos pocos viajeros llegan a descubrir es que Venecia posee cerca de 500 jardines secretos. Y la mayoría permanecen celosamente custodiados tras los muros de antiguos palacios y conventos, invisibles para el transeúnte apresurado. Aunque, algunos han abierto sus puertas con recelo, como el Jardín de Palazzo Soranzo Cappello, un auténtico oasis verde en Santa Croce donde aún se respira la atmósfera que inspiró a Henry James. O el laberinto de Borges en la isla de San Giorgio Maggiore, inspirado en el relato "El jardín de los senderos que se bifurcan.
Cerca de la estación de Santa Lucía se extienden los Giardini Papadopoli, diseñados al estilo inglés con amplios senderos y árboles centenarios. Y el invernadero de la Serra dei Giardini -una estructura de hierro y cristal de finales del siglo XIX reconvertida en cafetería- ofrece un remanso inesperado entre exposición y exposición.
Venecia es también una ciudad de anomalías pétreas, de relojes que no solo miden el tiempo y de leyendas que los propios venecianos susurran al caer la tarde. Como, por ejemplo, el Jorobado de Rialto -Il Gobbo di Rialto-, una pequeña estatua de piedra de Istria de 1541 que aguanta sobre su espalda una escalinata. Sobre ella se proclamaban las leyes de la Serenísima y los deudores insolentes recibían allí su castigo público.
A pocos pasos, casi invisible entre los comercios del Puente de Rialto, asoma la Testa d'Oro, una cabeza dorada que es el único vestigio de una antigua farmacia donde se preparaba la teriaca, un remedio legendario contra venenos y peste.
Y si uno se adentra en Cannaregio, encontrará la calle Varisco, la más estrecha de la ciudad, con apenas 53 centímetros separan sus paredes. La leyenda local cuenta que fue diseñada así para que los ladrones no pudieran huir con el botín.
En Dorsoduro, el Ponte dei Pugni (puente de los puños) conserva cuatro huellas de mármol blanco marcadas en su pavimento: eran las posiciones de salida para las legendarias peleas a puñetazo limpio entre dos bandos rivales, los Castellani y los Nicolotti, donde siempre el perdedor acababa en el canal.
Para quienes busquen escalofríos arquitectónicos, Ca' Dario, ese elegante palacio gótico de 1489 que se asoma al Gran Canal, acumula un reguero de muertes, suicidios y desapariciones de sus propietarios a lo largo de cinco siglos. Monet lo pintó fascinado, pero los venecianos lo miran de reojo.
Menos siniestra pero igualmente sorprendente es la Scala Contarini del Bovolo (o del caracol), escondida tras un discreto callejón cerca de Campo Manin, se trada de una escalera helicoidal de 28 metros de altura, 80 escalones de ladrillo rojo y piedra blanca que conducen a una terraza con una de las mejores vistas secretas de la ciudad.
Y ya puestos a hablar de rarezas, subamos a la torre del reloj astronómico de la Plaza de San Marcos, la Torre dell'Orologio, que no solo marca las horas, su compleja esfera concéntrica indica fases lunares, signos del zodiaco y hasta la marea, un detalle vital para una ciudad construida sobre el agua. En lo alto, dos figuras de bronce (los llamados 'moros') golpean una campana con un mecanismo que lleva funcionando desde 1499.
Y si el nivel del agua lo permite -solo en ciertas épocas del año-, se puede acceder a la cripta sumergida de San Zaccaria, una construcción de los siglos X y XI que se encuentra permanentemente inundada por la laguna. Sobre pasarelas de madera, el visitante camina entre columnas bizantinas mientras el agua chapotea a sus pies, justo donde reposaron los primeros dux de Venecia.
Además, si la visita coincide con el 23 de mayo, el viajero tendrá la fortuna de asistir a la Festa della Sensa, una antiquísima tradición que celebra el matrimonio simbólico entre el dux -representante de la Serenísima República- y el mar. La ceremonia, conocida como "la boda con el mar", consiste en lanzar un anillo desde un desfile de embarcaciones venecianas mientras el patriarca pronuncia la fórmula ritual. Un acto que resume, con dos mil años de antigüedad, la relación ambivalente de esta ciudad con el agua que la sustenta y la amenaza.
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