El Capricho, un paseo por el Madrid secreto de la duquesa de Osuna
El jardín más inesperado de Madrid
Publicada 04/05/26
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Más allá del circuito más visitado de Madrid, El Capricho propone una escapada tranquila entre jardines, templetes, juegos de agua y construcciones singulares. Creado por la duquesa de Osuna en el siglo XVIII, este parque histórico de la zona de Barajas conserva el espíritu de una finca pensada para sorprender, pasear y disfrutar de la naturaleza.
Un jardín para descubrir otra cara de Madrid
Madrid no se agota en sus grandes museos, sus plazas monumentales o sus avenidas más transitadas. En la zona de Barajas, alejado del ritmo del centro, el jardín histórico de El Capricho ofrece una visita distinta: más pausada, más contemplativa y con una fuerte carga escénica. Es uno de esos lugares que invitan a caminar sin prisa, a detenerse en los detalles y a imaginar cómo era una finca de recreo concebida para el ocio, la cultura y la conversación.
Su origen se remonta a 1783, cuando María Josefa Pimentel Téllez-Girón, duquesa de Osuna, adquirió una finca de 14 hectáreas en la Villa de La Alameda. Mujer ilustrada, mecenas y amante de la naturaleza, quiso crear allí un palacio rodeado de jardines que reflejara los gustos estéticos de su tiempo. El resultado fue un espacio diseñado para emocionar al visitante, con rincones pensados para el juego, el descanso, la sorpresa y la representación.
Ese carácter sigue siendo hoy uno de sus principales atractivos turísticos. El Capricho no es solo un parque bonito, sino un recorrido por una forma de entender el ocio aristocrático en el Madrid de los siglos XVIII y XIX. Sus caminos, construcciones y perspectivas fueron pensados para generar sensaciones diferentes en cada tramo.
Del palacio a los caminos del jardín
La entrada al recinto, flanqueada por dos casetas laterales, conduce hacia la Plaza de los Emperadores y la Exedra, un templete donde se encuentra el busto en bronce de la duquesa. Desde allí el visitante empieza a percibir la escala y la intención del conjunto: un jardín concebido como escenario.
Al fondo aparece el palacio neoclásico, vinculado a las tertulias, fiestas, conciertos y representaciones teatrales que acogió la finca. Entre sus invitados y artistas cercanos estuvo Francisco de Goya, de quien la duquesa fue amiga y mecenas. Algunas de sus obras decoraron distintas estancias del palacio, entre ellas pinturas como El Aquelarre o El conjuro.
El edificio se encuentra inmerso en un proceso de rehabilitación para abrir de nuevo como espacio cultural dedicado a la historia de la finca, sus promotores y el contexto ilustrado madrileño. Esa recuperación permitirá reforzar la lectura turística del conjunto y devolver protagonismo a un palacio que ayuda a comprender el sentido original del jardín.
Tres estilos en un mismo paseo
Uno de los rasgos más interesantes de El Capricho es la convivencia de distintos estilos paisajísticos. La duquesa recurrió a jardineros y paisajistas como Jean-Baptiste Mulot y Pierre Provost para dar forma a un espacio que combina el jardín francés, el paisaje inglés y el giardino italiano.
Frente a la fachada oeste del palacio se sitúa el parterre, con setos recortados que dibujan formas sobre el terreno. En la zona baja se encuentra el jardín italiano, el más antiguo de la finca, donde se mezclan árboles y setos. Más al norte domina el jardín paisajista inglés, con praderas, recorridos más libres y construcciones pensadas para integrarse en una naturaleza idealizada.
Entre los puntos más atractivos para el visitante está El Laberinto, reconstruido respetando los planos originales y elaborado con setos de laurel. Su presencia recuerda que el jardín no fue concebido solo para ser contemplado, sino también para ser vivido. En la misma línea se encontraba el Jardín de Juegos, donde se instalaban elementos como un tiovivo o un columpio.
Agua, embarcaderos y un casino de baile
El agua es otro de los elementos que marca la experiencia de la visita. La finca cuenta con una ría artificial, un lago y una isla central que permitían a los invitados navegar en barcas o falúas de recreo. Ese uso lúdico del paisaje ayuda a entender la singularidad de El Capricho: cada rincón estaba pensado para provocar una escena.
Junto al lago se encuentra la Casa de Cañas, una construcción rústica con embarcadero y un pequeño gabinete que podía funcionar como comedor o cenador. Su decoración con trampantojos, obra del pintor italiano Ángel María Tady, reforzaba el juego visual tan presente en el conjunto.
El recorrido por el agua conducía hasta el Casino de Baile, una de las últimas construcciones levantadas en el jardín, fechada en 1815. Allí se celebraban fiestas a las que los invitados podían llegar navegando por la ría. En su interior, los espejos, las pilastras y la pintura del techo, obra de Juan Gálvez, contribuían a crear un ambiente festivo y refinado.
Rincones pensados para sorprender
El Capricho está lleno de pequeñas arquitecturas que amplían el interés del paseo. Una de las más curiosas es El Abejero, construido entre 1794 y 1797 por el arquitecto Mateo Medina. Su función era albergar colmenas que permitían observar el trabajo de las abejas, una muestra del interés de la duquesa por incorporar la naturaleza al proyecto de la finca.
También destaca la Casa de la Vieja, recreada como una casa de labranza y decorada con trampantojos que representaban alimentos, vajillas y objetos cotidianos. Incluso llegó a contar con figuras de tamaño real que recreaban a sus habitantes.
El recorrido incluía además un Fortín con cañones, garita y un soldado representado a escala natural, así como una Ermita que llegó a tener un ermitaño real. Son espacios que hoy aportan al visitante una lectura casi teatral del parque, donde naturaleza, arquitectura y escenografía se combinan continuamente.
El búnker de la Guerra Civil
La historia de El Capricho no termina en su etapa ilustrada. Durante la Guerra Civil su ubicación estratégica, sus comunicaciones y el arbolado que facilitaba el camuflaje hicieron que el recinto acogiera construcciones militares. La más relevante es el búnker construido en 1937 frente al palacio, sede del Estado Mayor del Ejército Republicano durante la contienda.
Situado a 15 metros bajo tierra y con una extensión de 2.000 metros cuadrados, puede conocerse mediante visitas guiadas organizadas periódicamente. Su presencia añade una capa histórica inesperada a un espacio asociado, en origen, al ocio y al refinamiento.
Declarado Bien de Interés Cultural, El Capricho es hoy una visita recomendable para quienes buscan una experiencia diferente en Madrid: un jardín histórico alejado del circuito más habitual, donde cada paseo revela una parte del imaginario cultural, paisajístico y social de la ciudad.
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