Gibraltar pide silencio en el mar: las ballenas que cruzan el Estrecho ya no pueden 'gritar' más fuerte
El paso migratorio de los rorcuales coincide con un llamamiento de las autoridades para reducir las molestias a cetáceos en una de las zonas marinas más transitadas del planeta
Publicada 06/06/26
Añadir HOSTELTUR en GoogleCada primavera, las aguas que separan Europa y África se convierten en una autopista natural para algunas de las especies más espectaculares del planeta. Los rorcuales comunes (Balaenoptera physalus), el segundo animal más grande del mundo después de la ballena azul, atraviesan el Estrecho de Gibraltar en su migración anual entre el Mediterráneo y el Atlántico. Este año, las autoridades gibraltareñas han aprovechado su llegada para lanzar un mensaje que va más allá de mantener las distancias: el mar también necesita silencio.
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El Departamento de Medio Ambiente de Gibraltar ha recordado a embarcaciones recreativas y motos de agua la obligación de respetar el Protocolo de Cetáceos, que establece limitaciones de velocidad, distancia y maniobras cuando se producen avistamientos de ballenas y delfines.
El objetivo es evitar alteraciones en el comportamiento de estos animales durante uno de los momentos más sensibles de su ciclo anual
La advertencia llega en un contexto de creciente preocupación científica por la contaminación acústica marina. En el Estrecho de Gibraltar, uno de los corredores marítimos con mayor tráfico del mundo, el ruido generado por miles de barcos se ha convertido en una amenaza silenciosa para especies que dependen del sonido para orientarse, alimentarse y comunicarse.
El Estrecho de Gibraltar, por donde pasan más de 60.000 barcos al año, constituye una de las principales arterias del tráfico marítimo internacional y conecta dos de las rutas comerciales más importantes del planeta
Además de ballenas, la zona alberga poblaciones de delfines comunes, listados y mulares, calderones, tortugas marinas, peces luna, tiburones pelágicos y numerosas aves marinas. Para muchas de estas especies, el Estrecho funciona como un auténtico cuello de botella biológico por el que transitan miles de ejemplares durante sus desplazamientos estacionales.
La presencia de cetáceos ha convertido el área en uno de los principales destinos europeos para el avistamiento responsable de fauna marina. Sin embargo, el aumento de embarcaciones recreativas y actividades náuticas también incrementa el riesgo de molestias, colisiones y alteraciones de comportamiento.
La especie no está catalogada en peligro crítico a escala global, pero la población de calderones del Estrecho de Gibraltar sí se encuentra en una situación delicada. Se estima que está formada por menos de 250 ejemplares y que sufrió una caída del 26,2% tras una epizootia de morbillivirus, con una alta probabilidad de extinción a cien años si se mantienen las presiones actuales.
Para estos cetáceos sociales, la vida cotidiana se ha convertido en un ejercicio constante de supervivencia en medio de una autopista marítima, y para ello deben esquivar barcos mientras buscan alimento, coordinan sus movimientos, encuentran pareja y sacan adelante a sus crías. Pero el mayor obstáculo no siempre es físico, también es sonoro.
A esa presión se suma el tráfico marítimo que soporta el entorno de Gibraltar, con 219 escalas de cruceros y 355.468 cruceristas en 2025, además de la actividad de embarcaciones recreativas y yates
Un equipo internacional liderado por Milou Hegeman y Frants Jensen, de la Universidad de Aarhus, junto a científicos de varios países europeos y de Estados Unidos, ha documentado que los calderones están elevando el volumen de sus vocalizaciones para hacerse oír por encima del ruido del tráfico marítimo.
El estudio, publicado en Journal of Experimental Biology, revela no solo una adaptación, sino también unos de los límites, los animales intentan compensar el ruido, pero no siempre pueden hacerlo lo suficiente.
El equipo clasificó sus vocalizaciones en cuatro tipos: llamadas de baja frecuencia, llamadas cortas y pulsadas, llamadas de alta frecuencia y llamadas de dos componentes.
Las más importantes para la cohesión del grupo son las de baja frecuencia y las de dos componentes, porque viajan más lejos bajo el agua y permiten que los individuos se localicen entre sí, especialmente tras largas inmersiones en busca de alimento.
Ahí aparece el problema, algunas llamadas más suaves pueden aumentar su intensidad cuando sube el ruido de fondo, pero las señales de mayor alcance ya están cerca de su límite fisiológico. Son precisamente las más relevantes para que los calderones se reencuentren y mantengan unido el grupo.
Estos cetáceos están intentando “gritar” más fuerte, pero sus llamadas esenciales ya no tienen margen suficiente para amplificarse
Por eso, la contaminación acústica no es una amenaza secundaria, y cada incremento de ruido reduce la distancia a la que los animales pueden escucharse y dificulta la coordinación de una población pequeña y vulnerable.
El protocolo vigente en Gibraltar busca reducir esa presión durante los avistamientos y establece una distancia mínima de 300 metros cuando hay crías presentes, limita la velocidad a cuatro nudos dentro de un radio de 500 metros y prohíbe acercarse a menos de 60 metros de los animales, salvo en situaciones de emergencia.
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Como viajeros, también tenemos una responsabilidad en ese equilibrio, el Estrecho de Gibraltar resume un problema global: la contaminación acústica marina, que no deja manchas ni residuos, pero altera la vida de especies que dependen del sonido para sobrevivir. En estas aguas, proteger a los cetáceos no consiste solo en mantener la distancia durante un avistamiento, sino en elegir prácticas responsables y reducir el ruido que les impide escucharse, orientarse y vivir.
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