¿Por qué algunos lugares quieren dejar de ser Patrimonio de la Humanidad?

Publicada 24/07/26 09:01h

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Entrar en la Lista del Patrimonio Mundial suele traducirse en protección, reconocimiento internacional y más visitantes. Sin embargo, en algunos enclaves el sello de la Unesco ha comenzado a percibirse como una carga. Un modelo que, según denuncian, limita su forma de vida y antepone la conservación o el turismo a las necesidades de quienes habitan estos territorios.

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Ser declarado Patrimonio Mundial acostumbra a recibirse como una oportunidad, pero el reconocimiento aunque sitúa un destino en el mapa internacional, facilita el acceso a programas de conservación y refuerza su atractivo turístico, lo que puede acarrear un gran éxito que puede alterar por completo la vida cotidiana de sus habitantes.

Eso es lo que está ocurriendo en Vlkolínec, una pequeña aldea situada en el centro de Eslovaquia, su núcleo fue inscrito en la lista de la Unesco en 1993 por conservar uno de los conjuntos más completos de arquitectura rural tradicional de Europa central, formado por 45 construcciones de madera.

Frente a ese reducido tamaño, el pueblo recibe alrededor de 100.000 visitantes al año, según las informaciones publicadas sobre las protestas vecinales. En la localidad residen de forma permanente menos de una veintena de personas, algunas de las cuales aseguran que los turistas entran en propiedades privadas, miran por las ventanas y fotografían las viviendas como si se tratara de un decorado.

El malestar no se limita a la afluencia de público, ya que los residentes también cuestionan las restricciones asociadas a la conservación de las casas y del paisaje tradicional. Su argumento es que el reconocimiento protege la apariencia del pueblo, pero dificulta que continúe funcionando como una comunidad viva.

El conflicto de Ngorongoro, en Tanzania, tiene un alcance distinto, su área protegida es conocida internacionalmente por su cráter, su biodiversidad y los safaris, pero también es el hogar ancestral de comunidades masái dedicadas tradicionalmente al pastoreo.

La Maasai International Solidarity Alliance sostiene que las políticas aplicadas en nombre de la conservación han restringido el acceso a tierras, servicios y actividades ganaderas. La organización ha reclamado que la Unesco exija el respeto de los derechos de estas comunidades y plantea la retirada del reconocimiento si no puede garantizarse su permanencia en el territorio.

La Unesco, por su parte, ha señalado que no respalda los desplazamientos forzosos y que la protección del enclave debe ser compatible con los derechos y la dignidad de la población masái. Un punto, que forma parte de los asuntos que pueden ser examinados durante la 48ª sesión del Comité del Patrimonio Mundial en 2026.

Los dos casos reflejan problemas diferentes: en Vlkolínec, el debate gira en torno a la masificación turística, la pérdida de intimidad y las limitaciones para transformar las viviendas. En Ngorongoro, la cuestión central es la convivencia entre conservación, desarrollo turístico y derechos de las comunidades indígenas.

La Lista del Patrimonio Mundial reúne actualmente 1.248 bienes en 170 países -972 culturales, 235 naturales y 41 mixtos-. Y en España contamos con 50 lugares inscritos, siendo uno de los países entre los que tienen mayor presencia en la clasificación

La distinción no obliga por sí sola a recibir más turistas, pero aumenta la visibilidad internacional del lugar, y cuando esa promoción no va acompañada de controles de aforo, vivienda para residentes, movilidad y participación local, el reconocimiento puede acelerar procesos de saturación y transformar un núcleo habitado en un espacio orientado principalmente al visitante.

Venecia representa uno de los casos más conocidos, pero el fenómeno alcanza también a pueblos pequeños, espacios naturales y barrios históricos donde conservar fachadas, paisajes o usos tradicionales puede entrar en conflicto con la modernización de las viviendas y los servicios.

Salir de la lista, en cualquier caso, no es una decisión que puedan tomar directamente los vecinos o un ayuntamiento. La retirada corresponde al Comité del Patrimonio Mundial y se produce cuando el enclave ha perdido las características que justificaron su inscripción.

Hasta ahora solo tres lugares han perdido el reconocimiento: el primero fue el Santuario del Oryx Árabe, en Omán, eliminado en 2007 después de que el Gobierno redujera en un 90% la superficie protegida. En 2009 salió el Valle del Elba de Dresde por la construcción de un puente que alteró el paisaje cultural. Liverpool fue excluida en 2021 debido al impacto de las nuevas promociones urbanísticas sobre su frente marítimo histórico.

Ninguno de esos casos respondió a una petición de los residentes, pero tampoco la retirada hizo desaparecer el turismo. Dresde y Liverpool continuaron siendo destinos reconocidos después de perder el sello, lo que cuestiona que abandonar la lista sea suficiente para resolver los problemas de saturación.

El debate llega ahora a la 48ª sesión del Comité del Patrimonio Mundial, que se celebra en Busán, Corea del Sur, del 19 al 29 de julio de 2026, donde durante el encuentro se examinarán nuevas candidaturas y el estado de conservación de bienes ya inscritos. Pero aún tendremos que estar atentos para saber su evolución.

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