13 marzo, 2026 (10:00:09) Por Pedro Gómez González, en Economía
El turismo en tiempos de guerra
La guerra lo cambia todo. Cambia libros por espadas, sustituye razonamientos por interjecciones y despierta crueles oxímoros que equiparan las bombas con los costes y beneficios.
Cuando el cuarto jinete del Apocalipsis galopa, no sólo mueve arsenales o propicia cambios de régimen, sino que su onda de choque genera ruina y envilece el orbe.
Las nubes tóxicas que hoy cubren el cielo de Oriente Medio ensombrecen directamente a Europa y al resto del planeta. Lo vimos con el estallido en el Golfo (1990-1991) y lo confirmamos en 2003 con la invasión de Irak.
En un intento salvaje de adaptación y supervivencia, los contornos de la vida cotidiana se redibujan, se alteran los hábitos de consumo y se transforman industrias enteras, incluso a miles de kilómetros del conflicto. Y, como no podía ser de otra manera, el turismo, la industria de la felicidad y de la libertad, es siempre de las primeras en recibir la metralla.
Hoy, con el conflicto en Irán amenazando con engullir al Golfo y salpicar a Turquía, el tablero turístico vuelve a saltar por los aires.
El miedo es el principal agente de viajes de este mundo. Mientras la percepción de inseguridad tiñe de incertidumbre a los gigantes islámicos, España emerge de nuevo en el horizonte como un destino libre de sangre: ‘un refugio seguro’.
Esta sensación de seguridad, reforzada por una diplomacia que busca marcar distancias con el estruendo de las bombas y el aleteo de los drones suicidas, se suma a la potencia de la oferta turística y climática del país, que pasa a ser una alternativa y un alivio natural cuando el Mediterráneo oriental se sacude en turbulencias.
Parece que, desde esta perspectiva, la guerra podría generar algún beneficio y desviar hacia nuestro país parte del turismo que hoy huye de la incertidumbre. Pero, como decíamos, este oxímoron maldito no responde a la realidad, sólo genera espejismos.
Como ya se ha previsto, la escalada de tensiones en torno al estrecho de Ormuz sigue disparando el precio del petróleo (que ya sube a 100 dólares el barril y amenaza con alcanzar los 200) y, con él, el coste del combustible de aviación. Eso significa que, aunque el turista quiera venir a España, el billete será sensiblemente más caro. Y cuando el transporte se encarece, el viajero ajusta el presupuesto: estancias más cortas, menos gasto en destino o viajes pospuestos.
A ello se suma la paralización de buena parte del turismo intercontinental, que hasta ahora utilizaba aeropuertos como Dubái, Doha o Abu Dabi como enlaces principales entre Asia, Europa y América.
Con vuelos cancelados, rutas desviadas y trayectos más largos y costosos, el turismo intercontinental, especialmente el procedente de Asia, se reducirá inevitablemente. Por otro lado, las posibles respuestas emocionales ante el posicionamiento de nuestro país también podrían mermar los flujos procedentes de USA.
En otras palabras, la guerra es siempre una forma de derrota para todos. Puede empujar a algunos viajeros a buscar refugio en destinos seguros, pero también encarece los desplazamientos, fractura las conexiones globales y siembra una profunda incertidumbre en la industria.
Con todo, el turismo seguirá resistiendo a través de una capacidad de resiliencia demostrada en infinidad de ocasiones y que actúa como auténtica fuerza unificadora. El turismo continuará conectando culturas y pueblos, revelándonos la belleza de otros destinos y abriendo la puerta a lugares donde vivir experiencias únicas.
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