12 mayo, 2026 (01:38:14) Por Marcelino Minaya, en Innovación
Sin cultura viva, el destino pierde autenticidad
Más allá de la desestacionalización: la cultura como estructura del modelo turístico
El pasado viernes, el XXI Foro Hosteltur reunió en Madrid a los principales líderes del sector turístico español bajo el lema "Analizando el presente, proyectando el futuro". Revisando el programa —ponencias sobre resiliencia del modelo, comportamiento de los mercados emisores, estrategias de expansión— la reflexión llegó sola: ¿dónde está la cultura en todo esto? No la cultura como línea de producto o como recurso de desestacionalización. La cultura como estructura. Como condición del modelo.
Esa pregunta es la que este artículo intenta responder.
El debate sobre el turismo en Baleares lleva semanas en un punto especialmente sensible: la presión sobre el territorio, la vivienda, la movilidad y la calidad de vida de los residentes. No es nuevo, pero sí ha entrado en una fase distinta. Ya no se discute únicamente de cifras de visitantes u ocupación hotelera. La pregunta de fondo es otra: qué modelo de sociedad queremos construir alrededor de nuestra principal actividad económica.
En este contexto, la cultura aparece de nuevo como respuesta. Y digo "de nuevo" porque no es la primera vez. Hace apenas unos meses, en FITUR 2025, ya tuve ocasión de observar cómo la cultura seguía ocupando en el sector turístico ese papel ambiguo que le hemos asignado desde hace tiempo: presente en todos los stands, mencionada en casi todas las ponencias, pero sin un lugar estratégico claro. Un cajón de sastre donde cabe todo lo que no encaja en otro sitio. Gastronomía, rutas deportivas, patrimonio, senderismo, tradición. Todo bajo el mismo paraguas, todo llamado cultura.
Esa indefinición no es inocente. Tiene consecuencias.
El retorno de un término que creíamos superado
Lo más llamativo de aquel FITUR fue escuchar de nuevo, con llamativa naturalidad, el término desestacionalización. En mesas sobre innovación, en ponencias sobre el futuro del destino. Como si los años transcurridos no hubieran servido para revisar un concepto que los gestores culturales llevamos tiempo cuestionando. El programa del Foro del viernes confirmó que la pregunta sigue abierta: la industria analiza con rigor su presente y proyecta su futuro, pero la dimensión cultural del modelo raramente aparece formulada con la claridad que merece.
Porque desestacionalizar no puede seguir significando simplemente repartir la presión durante más meses. Si ese es el único objetivo, el resultado es más agotamiento para los residentes y menos capacidad de recuperación para el territorio. La cultura puede ayudar a construir otro camino, pero solo si se gestiona con criterios de sostenibilidad, calidad y arraigo. No se trata de traer más gente a cualquier precio, sino de atraer mejor, distribuir mejor, programar mejor y, sobre todo, vivir mejor.
El problema no es la cultura. Es cómo se gestiona.
Cuando la programación cultural se diseña pensando primero en el calendario turístico y no en la comunidad que la sostiene, el resultado es estructuralmente frágil: eventos sin continuidad, proyectos sin raíz, iniciativas que desaparecen cuando cambia la subvención o el interés del operador de turno.
Desde la dirección de una institución educativa musical y cultural lo observo cada día con claridad. Una institución de estas características puede ser mucho más que un centro de oferta formativa: puede convertirse en un eje vertebrador de la vida cultural de un municipio, con lazos reales hacia el teatro y los espacios escénicos del territorio, las asociaciones musicales, culturales y sociales del entorno. Y más allá del municipio, tejiendo vínculos con otros escenarios de las islas y con programas autonómicos de creación emergente como Art Jove. Un nodo que conecta formación, creación y ciudadanía de forma continua y sostenida, no en función del calendario turístico sino de la vida real de la comunidad que lo sostiene. Cuando eso ocurre, se construye algo que ninguna campaña de promoción puede replicar: un tejido cultural vivo, con identidad propia y capacidad de perdurar.
Eso requiere, entre otras cosas, incorporar de forma sistemática la figura del gestor cultural profesional en la planificación turística. No como accesorio o como animador de espacios, sino como profesional cualificado capaz de articular estrategias culturales coherentes con el territorio, el patrimonio y la comunidad. Las políticas públicas que hablan de cultura y turismo raramente contemplan esta figura con la seriedad que merece. Y esa ausencia se nota en los resultados.
De cultura como producto a cultura como estructura
Baleares necesita pasar de una cultura entendida como producto a una cultura entendida como estructura. Y conviene recordar que no se trata de inventar nada: el propio Estatut d'Autonomia ya lo establece. El artículo 18 reconoce el derecho de todas las personas a acceder en condiciones de igualdad a la cultura y a la protección de la creatividad artística. El artículo 30 atribuye competencia exclusiva a la comunidad autónoma en materia de cultura, patrimonio y actividades artísticas. El marco normativo existe. Lo que no siempre existe es la voluntad de convertirlo en políticas reales: apoyar a los creadores locales, reforzar las instituciones culturales —conservatorios, museos, bibliotecas, archivos, centros cívicos—, integrar la educación artística en la agenda pública, descentralizar la programación más allá de Palma y medir el éxito no solo por la asistencia, sino por el impacto que deja en la comunidad.
La clase política tiene aquí una responsabilidad que no siempre está dispuesta a asumir con claridad. Las líneas estratégicas sobre cultura —para qué, para quién, con qué criterios— siguen siendo en demasiados casos declaraciones de intenciones sin traducción presupuestaria ni institucional real.
El turismo seguirá siendo una realidad central en las islas. La cuestión es si queremos que la cultura sea una herramienta al servicio del turismo o una fuerza capaz de ordenarlo y enriquecerlo. Sin cultura viva, propia y bien cuidada, el turismo pierde autenticidad. Y sin una sociedad residente respetada y fortalecida, ningún destino puede considerarse verdaderamente sostenible.
La cultura no debe servir para maquillar el modelo. Debe ser la condición para mejorarlo.
Marcelino Minaya. Músico, gestor cultural y director del Conservatori Municipal d'Inca y de l'Escola de Música i Dansa d'Inca Antoni Torrandell.
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