4 junio, 2026 (11:08:02) Por Pedro Gómez González, en Distribución
Convivencia entre visitantes y residentes
El turismo no es un lugar, es una sensación
“No lo hagan, por favor”. La apertura de Bután al mundo ha incendiado las redes sociales, alimentando el debate sobre si algunos paraísos pueden morir de éxito al convertirse en destinos turísticos
Hay viajes que merecen la pena antes de haber comenzado, como el que conduce a Bután, la última Shangri-La del mundo.
Nunca ha sido tarea sencilla llegar al Reino del Dragón del Trueno. Había que pedir permisos especiales, pagar una tasa diaria para el desarrollo sostenible del país y atreverse a volar en un trayecto de vértigo. Sólo unos pocos pilotos estaban capacitados para aterrizar en el único aeropuerto nacional, el de Paro, sorteando glaciares y montañas infinitas y planeando sobre aldeas suspendidas entre nubes y monasterios.
Hace apenas unos días, el último reino escondido de los Himalayas anunciaba que se prepara para dar un salto histórico: abrirse al turismo.
Los trabajos para levantar un nuevo aeropuerto ya han comenzado. La infraestructura, proyectada al sur del país con capacidad prevista para 123 vuelos diarios, servirá como puerta de entrada a la Ciudad del Mindfulness de Gelephu (CMG), un destino concebido para convertirse en polo de atracción internacional y albergar a un millón de residentes butaneses y extranjeros.
La puesta en marcha del aeródromo, cuya inauguración está prevista para 2029, promete generar oleadas de viajeros y buscadores espirituales; una idea que contrasta frontalmente con la filosofía que ha definido hasta ahora a esta tierra inaccesible en la que el progreso no se mide por el PIB (Producto Interior Bruto), sino por el FIB (Felicidad Interior Bruta).
Este modelo indómito, basado en el principio de ‘Alto Valor, Bajo Volumen’, fue diseñado precisamente para proteger el patrimonio cultural y natural del reino, manteniéndolo a salvo del turismo de masas.
Y aquí reside la paradoja. Mientras Bután se dispone a abrir sus puertas al mundo, Occidente duda en cerrar las suyas al no terminar de encontrar la fórmula para equilibrar la convivencia entre turistas y residentes.
En España, destinos como Barcelona, Palma, Málaga, Sevilla o Canarias se han convertido en símbolos de esa tensión creciente. El auge del alquiler vacacional, la presión inmobiliaria, la saturación de los centros históricos o la sustitución del comercio local por negocios pensados exclusivamente para visitantes han alimentado la sensación de desgaste. El foco ya no se centra únicamente en el turismo como motor económico, sino también alrededor de sus costes sociales, culturales y emocionales.
Y es que cuando un destino deja de pertenecer a quienes viven en él para convertirse únicamente en un decorado consumible, algo termina por romperse.
Esa misma inquietud se ha reflejado en la reacción que ha despertado la noticia sobre Bután en redes sociales. Muchos comentarios expresan miedo a que “arruinen” el país, rechazo al turismo masivo y preocupación por la llegada de influencers, especulación o injerencias extranjeras. “No lo hagan, por favor”, “El turismo lo único que hará será destrozarlo todo”, “Grave error”, “Se van a arrepentir”, “Los influencers van a destruir ese lugar”.
Resulta llamativo que, incluso a miles de kilómetros de distancia, tantas personas identifiquen inmediatamente el mismo patrón: primero, la promesa del progreso; después, la amenaza de la gentrificación, el encarecimiento de la vivienda y la pérdida de la identidad.
Pero incluso los horizontes más perdidos terminan ensanchándose, y Bután quiere explorarlos. El turismo, bien implementado, es un motor inigualable para la atracción de inversión, la proyección internacional, la diversificación económica y la creación de empleo y de oportunidades para una población que quiere mirar al exterior. Turismo espiritual, sí, pero también cultural y gastronómico, activo y de naturaleza.
La pregunta de fondo no es si Bután debe abrirse o no al mundo, la verdadera cuestión es si existe todavía una forma de viajar que no implique devorar aquello que venimos a admirar.
Quizá por eso el turismo nunca fue únicamente un lugar. El turismo es una sensación, la sensación de que siempre hay y habrá una Shambhala que alcanzar; la sensación de llegar a un sitio distinto y descubrir que nuestra propia llegada lo ha cambiado para siempre.
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