5 junio, 2026 (05:37:43) Por Alfonso Vargas-Sánchez, en Economía
Más allá del volumen: la armonía como nuevo paradigma del éxito turístico
En el actual contexto de transformación que vive el sector turístico, el debate ya no debe centrarse únicamente en el volumen de visitantes, sino en la calidad de las relaciones que generamos en el territorio. La verdadera meta a la que debemos aspirar es la construcción de empresas y destinos armoniosos, entendiendo la armonía no como una idílica ausencia de fricciones, sino como una articulación inteligente, equilibrada y sostenible entre el turismo, el territorio y la comunidad local. Para comprender este enfoque de manera práctica, es útil analizar la realidad turística a través de cuatro dimensiones críticas (relacional, sistémica, institucional y stakeholders-territorio) que determinan si un modelo camina hacia el equilibrio o hacia la desestructuración.
La primera es la dimensión relacional, centrada en la gestión de las personas y de los actores locales. Encontramos un claro ejemplo de armonía en aquellos destinos de gobernanza participativa que son capaces de articular mesas de trabajo periódicas. Al sentarse en una misma mesa de diálogo estructurado con empresarios, trabajadores, administraciones y asociaciones vecinales, el conflicto no desaparece, pero se gestiona de forma preventiva y se construye una sólida confianza relacional. En el extremo opuesto se sitúa la desarmonía del rechazo social, fruto de un crecimiento acelerado de alojamientos y flujos sin diálogo con los residentes. Sin canales institucionales para encauzar los distintos intereses, la inevitable ruptura entre el visitante y el residente acaba manifestándose en protestas y confrontación abierta.
En segundo lugar, debemos atender a la dimensión sistémica, que evalúa la coordinación entre las infraestructuras, los servicios públicos y los flujos de visitantes. Un destino opera con armonía sistémica cuando actúa como un todo coherente: coordina el transporte público, gestiona digitalmente las reservas, respeta la capacidad de carga y modula los horarios según la temporada para evitar cuellos de botella. Por el contrario, la desarmonía toma la forma de saturación y colapso estacional cuando se prioriza la promoción intensiva sin adaptar los servicios básicos. El resultado de esta falta de visión de conjunto es un transporte saturado, el deterioro del patrimonio y una pérdida drástica de calidad tanto para el ciudadano como para el turista.
Una tercera perspectiva indispensable es la dimensión institucional, que mide la coherencia real entre el discurso estratégico de una organización y su práctica diaria. La armonía institucional la encarnan, por ejemplo, aquellas empresas hoteleras que integran la sostenibilidad en su ADN operativo, traduciendo sus valores en compras a proveedores locales, eficiencia energética real y condiciones laborales dignas que incentiven al personal. Esta coherencia blinda su legitimidad y reputación. La desarmonía, en este ámbito, es el conocido “greenwashing” o lavado verde: organizaciones que despliegan campañas de marketing autodenominándose "eco-friendly" mientras mantienen operaciones intensivas en recursos y dinámicas de precarización laboral, lo que a la postre genera un profundo cinismo organizativo y la pérdida de credibilidad en el mercado.
Finalmente, la dimensión stakeholders—territorio obliga a observar el impacto del modelo de negocio en el resto de grupos de interés que operan en el destino. El turismo rural integrado ilustra muy bien el escenario armonioso, al tratarse habitualmente de proyectos a escala humana que colaboran estrechamente con los productores locales, respetan el entorno ambiental y distribuyen los beneficios de forma equitativa, garantizando su viabilidad a largo plazo. El contrapunto lo ofrecen los resorts y grandes complejos que funcionan de manera aislada, concentrando el consumo dentro de sus muros y ofreciendo empleo precario. Esta relación extractiva genera una asimetría económica dependiente y siembra las semillas de un conflicto latente con la comunidad de acogida.
En definitiva, la gestión del turismo del siglo XXI nos exige transitar de la desarmonía (marcada por el conflicto social, el colapso de los subsistemas que dan forma al sector, el marketing vacío y la explotación de recursos) hacia modelos basados en el diálogo, la coordinación técnica, la coherencia ética y la compatibilidad con el territorio. El reto para los agentes públicos y privados es grande, pero la recompensa será asegurar la supervivencia y relevancia en el tiempo de esta fundamental actividad económica.
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