2 agosto, 2026 (12:24:08) Por Alfonso Vargas-Sánchez, en Economía
El dilema del crecimiento turístico
Entre la inercia del mercado y la urgencia de una nueva gobernanza
En el umbral de alcanzar en España el hito de los 100 millones de turistas internacionales, el debate sobre el crecimiento, si sí o si no, si más o menos, si de una manera o de otra, está cada vez más candente. Personalmente, como ya he escrito aquí en otras ocasiones, considero que la máquina del crecimiento turístico no va a parar (por ejemplo, en: https://www.hosteltur.com/comunidad/005750_la-maquina-del-crecimiento-turistico.html), por lo que hemos de tomárnoslo en serio y prepararnos para ello.
El concepto de máquina del crecimiento (o “growth machine”), adaptado de la teoría sociológica de Harvey Molotch (*) al ámbito del desarrollo turístico, es un eje central en las reflexiones sobre la necesidad de transformar la gobernanza turística (ver, entre otros que podría señalar, el siguiente artículo: https://www.hosteltur.com/comunidad/006271_horizonte-2040-hacia-una-gobernanza-turistica-armoniosa.html).
La máquina del crecimiento describe la alianza de actores públicos y privados orientada a maximizar el volumen (número de visitantes, pernoctaciones e ingresos brutos) sin considerar los límites socioambientales del territorio. Cuando esta teoría se aplica a los destinos turísticos, dicha máquina se manifiesta en la prioridad absoluta otorgada al aumento continuo del flujo de visitantes, la construcción de infraestructuras y la turistificación, desplazando las necesidades de la población local.
Las previsiones macroeconómicas de las principales instituciones mundiales del sector confirman precisamente la inercia de esta “máquina del crecimiento”. Lejos de plantear una estabilización, los pronósticos proyectan una expansión cuantitativa sin precedentes. Así, la previsión de ONU-Turismo, en su documento “Tourism Towards 2030”, es que el mundo alcanzará los 1.800 millones de llegadas de turistas internacionales en dicho año. Para poner en contexto este dato, en 1975 el mundo registraba apenas 222 millones de turistas internacionales. Pasar de 1.520 millones en 2025 a 1.800 millones en 2030 supone incorporar en un lustro (a un ritmo de crecimiento del 3,5% anual) más volumen de viajeros del que existía en todo el planeta hace 50 años.
Desde la perspectiva de la teoría de Molotch, estas previsiones funcionan como una profecía autocumplida y como el combustible que necesitan las coaliciones procrecimiento locales (las élites inmobiliarias, financieras y políticas) para justificar la necesidad urgente de ampliar infraestructuras críticas (más pistas de aterrizaje para aeronaves -o nuevos aeropuertos-, puertos para megacruceros, más redes ferroviarias de alta velocidad…); recalificar terrenos para uso hotelero o de apartamentos turísticos; invertir enormes cantidades de fondos públicos en promoción internacional para no "quedarse atrás" o perder cuota de mercado frente a destinos competidores.
El crecimiento, pues, se ve impulsado por una coalición de actores cuyos intereses se alinean en torno al mismo: los propietarios se benefician del aumento del valor de sus patrimonios, los promotores inmobiliarios de mayores precios y lucros, los medios locales de superiores ingresos publicitarios, las empresas de servicios de todo tipo (alojamiento, restauración, ocio, eventos, transporte) del incremento de la demanda y de los ingresos, las administraciones públicas nutren sus arcas con una mayor recaudación de impuestos, y los políticos en el poder se ven favorecidos por la percepción de prosperidad que confiere la expansión del destino. A su vez, nos encontramos con voces que son sistemáticamente marginadas, como la de los residentes desplazados por el encarecimiento de los alquileres o por la imposibilidad económica de adquirir una vivienda, la de los trabajadores del sector con condiciones precarias y/o estacionales, así como la de los defensores del medio ambiente y de la comunidad local. Esto ya no debería ser posible hoy en día, pero la gobernanza, en demasiados casos aún, les sigue ignorando o dando un espacio de muy escasa significación en la toma de decisiones.
En los territorios turísticos, esta dinámica opera a través de lo que se conoce como la trampa incremental: el éxito medido por las llegadas de turistas, a las que se vincula la financiación (véase, por ejemplo, el caso de las tasas turísticas), crea un ciclo de retroalimentación positiva que impulsa el crecimiento, aun cuando exista un mandato que incluya nominalmente la sostenibilidad social y ambiental. Esta trampa incremental es particularmente insidiosa porque cada decisión individual, dentro del ciclo, parece racional; promocionar las atracciones más populares del destino maximiza las llegadas a corto plazo; asignar presupuestos de marketing a los lugares turísticos más populares genera el mayor retorno cuantificable; medir el éxito a través de las llegadas y los ingresos produce métricas claras que satisfacen a los organismos financiadores. Pero el efecto acumulativo de estas decisiones, individualmente racionales, es la insostenibilidad social y ambiental.
También es fácil que caigan en un círculo vicioso según el cual el incremento de la demanda, fruto de campañas promocionales, atrae más oferta, la cual presiona a los gestores de los destinos a hacer más promoción para atraer más turistas, lo cual sigue atrayendo más oferta, y así sucesivamente si no se establecen cortapisas (o se pincha la burbuja).
Sobre esta base, la cuestión es, salvo hecatombe, cómo encajar ese crecimiento. Unos abogan por mejorar la gestión de los flujos turísticos mediante el uso de las nuevas tecnologías. Otros por la desconcentración espacial (promoviendo que el turismo llegue en mayor medida a destinos secundarios aún no tensionados) y temporal (diversificando productos y mercados para alargar la temporada turística a través de la desestacionalización). Todas estas líneas de actuación suenan bien, pero teniendo en cuenta que:
*Como la literatura científica atestigua, el uso, per se, de esas tecnologías no producirá los efectos apetecidos (en términos, por ejemplo, de sostenibilidad) sin una estructura de gobernanza adecuada.
*El proceso de desconcentración espacial solo será posible si el cliente lo desea, y no siempre estará dispuesto a ello. Por ejemplo, si alguien va a visitar por primera vez París, querrá ir a la Torre Eiffel, por más que se le propongan alternativas interesantes. Habría entonces que pensar (como ya se hace, pero de forma aún más generalizada) en modular la demanda vía precios, en establecer cupos, en una planificación urbanística coherente con el modelo turístico que se pretenda impulsar y su correspondiente capacidad de carga… Al final, en suma, limitaciones de diverso tipo.
*La desconcentración en general debería contar con el beneplácito de las comunidades locales. ¿La población residente está dispuesta a soportar una presión turística que antes no tenía, o si la tenía, a hacerlo durante más tiempo? ¿En qué condiciones darían su anuencia, por considerar que su calidad de vida mejoraría?
Todo ello, a mi entender, converge en un factor clave: la gobernanza del territorio y, dentro de él, de la actividad turística. Una gobernanza que busque, por encima de todo, el bien común, el bienestar de todos sus grupos de interés, lo que requiere de mecanismos que den cabida no solo a esas élites coaligadas procrecimiento. Es una cuestión, por tanto, de redistribución del poder en la toma de decisiones, con resistencias difíciles de romper.
Le invito, estimado lector/a, a reflexionar sobre ello y sobre cómo podría producirse ese cambio hacia una gobernanza verdaderamente inclusiva, desde una colaboración público-privada-comunitaria. ¿Cómo podríamos romper con las inercias de un modelo aún anclado, en muchos casos, en el siglo pasado, por más que se recubra de la pátina de “inteligencia” de la IA y las nuevas tecnologías en general? Porque lo más importante (con serlo bastante) no son los datos, sino las decisiones que se toman sobre esa base de conocimiento y que afectan colectivamente a quienes forman parte del destino de que se trate (el suyo, por ejemplo).
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(*) Su obra original y seminal donde formula por primera vez esta teoría es el siguiente artículo académico: Molotch, H. (1976). The city as a growth machine: Toward a political economy of place. American Journal of Sociology, 82(2), 309-332. https://doi.org/10.1086/226311
Posteriormente, Molotch amplió y sistematizó toda la teoría en un libro publicado en coautoría: Logan, J.R., & Molotch, H.L. (1987). Urban fortunes: The political economy of place. University of California Press.
En ambas obras se postula que la esencia de la ciudad moderna está dominada por una alianza, o coalición de crecimiento, de élites locales (promotores inmobiliarios, propietarios de tierras, financieros, medios de comunicación locales y clase política) cuyo objetivo compartido es intensificar el uso del suelo para incrementar su valor financiero. Esto genera un conflicto estructural entre los residentes (que perciben el territorio por su valor de uso: vida comunitaria, entorno social, identidad) y dichas élites (que lo entienden exclusivamente por su valor de cambio: beneficio económico y rentas de la tierra).
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