9 septiembre, 2026 (03:56:51) Por Cristóbal Peña Perelli, en Hoteles y Alojamientos
Desarrollo e inversión hotelera
La rentabilidad hotelera empieza antes de abrir
Cómo las decisiones de diseño condicionan los costos operativos, el trabajo del equipo y la experiencia del huésped
La distribución, los espacios de apoyo y las condiciones de trabajo forman parte de la economía de un hotel. Incorporar la mirada operativa durante el desarrollo ayuda a entender qué recursos exigirá sostener la experiencia prometida.
Durante mi experiencia en operaciones en un gran complejo hotelero de Cancún, una parte del hotel transcurría bajo tierra. Los túneles conectaban las distintas zonas y daban acceso a bodegas, almacenes, áreas de housekeeping y mantenimiento. Era un establecimiento antiguo: los espacios para colaboradores mostraban el paso de los años, aunque no los recuerdo en malas condiciones. Cada función tenía su lugar. Se percibía que esa infraestructura había sido considerada desde la construcción.
También había que caminar mucho. Parte de esas distancias respondía al tamaño del complejo. Sin medir recorridos ni conocer las restricciones originales del proyecto, sería injusto concluir que aquello era un error de diseño. Pero el recuerdo plantea una pregunta relevante: ¿cómo evaluamos, antes de construir, el trabajo cotidiano que exigirá un hotel?
El edificio participa en el servicio
Al evaluar un desarrollo hotelero, ubicación, mercado, inversión, tarifa y ocupación son variables centrales. Para convertir esas expectativas en una operación viable también hay que preguntarse cómo funcionará físicamente el establecimiento: dónde se recibe la mercadería, cómo llega la ropa limpia a las habitaciones o qué recorrido requiere una intervención de mantenimiento.
La distribución puede facilitar esas tareas o añadir fricciones que se repiten durante años. Un plano contiene distancias, capacidades y relaciones entre espacios que luego se traducen en tiempo de trabajo y posibilidades de servicio. Las decisiones de inversión adquieren así una dimensión cotidiana que conviene examinar mientras todavía existen alternativas de diseño.
Tener espacio y tener un flujo adecuado
El complejo de Cancún tenía espacios de apoyo claramente identificables. Esa previsión merece reconocerse. A partir de ahí surge una segunda pregunta: ¿están ubicados y dimensionados de acuerdo con la frecuencia y el volumen de las tareas que deben atender?
Centralizar un almacén puede favorecer el control del inventario, pero aumentar los desplazamientos. Distribuir puntos de apoyo puede acercar los suministros, aunque ocupa superficie y exige otra coordinación. La respuesta depende de la escala, el servicio y las restricciones del inmueble.
Para comparar alternativas propondría observar recorridos, viajes por turno, capacidad de traslado y momentos de mayor demanda. Reducir minutos de desplazamiento podría liberar tiempo para otras tareas; no equivale automáticamente a reducir puestos de trabajo o producir un ahorro financiero del mismo tamaño. Ese efecto debe comprobarse dentro de la operación completa.
Las áreas del equipo también forman parte del producto
Danny Meyer, en Setting the Table, sitúa el cuidado del equipo en el centro de su filosofía de hospitalidad. Su enfoque proviene principalmente de la restauración. Trasladado como pregunta al desarrollo hotelero, invita a revisar qué condiciones físicas ofrecemos a quienes deben sostener la experiencia del huésped.
Vestuarios, comedores, zonas de descanso y espacios de trabajo merecen atención por su uso diario. Conviene distinguir antigüedad, conservación y funcionalidad: un espacio antiguo puede cumplir bien su propósito; uno recién renovado puede seguir siendo incómodo o estar mal ubicado.
No atribuiría a una remodelación, por sí sola, mejoras garantizadas de productividad o retención. Sí incorporaría la experiencia de los colaboradores al diagnóstico del edificio. Sus observaciones pueden revelar dificultades que una revisión centrada en las áreas públicas deja fuera.
El costo inicial es una parte de la decisión
La misma mirada se aplica a materiales y equipamiento. Además del precio de adquisición y la estética, una evaluación puede considerar limpieza, acceso para reparar, disponibilidad de repuestos y reposición futura. Una intervención también puede afectar temporalmente la disponibilidad de espacios o habitaciones.
La pregunta es qué alternativa resulta adecuada durante su vida útil para ese hotel y su propuesta de servicio. La distinción entre desembolso inicial y consecuencias posteriores permite conectar diseño con presupuesto operativo y necesidades futuras de inversión.
La factibilidad de un hotel debe incorporar los recursos que su configuración física exigirá para funcionar. Esa relación entre inversión inicial, servicio y costos recurrentes merece evaluarse mientras el proyecto todavía puede ajustarse.
Ensayar una jornada antes de abrir
Como ejercicio de revisión, propondría reunir a propiedad, arquitectura y operación para recorrer sobre los planos una jornada exigente: salidas y llegadas simultáneas, limpieza de habitaciones, recepción de suministros y una incidencia de mantenimiento.
Para cada actividad, habría que identificar origen, destino, frecuencia, capacidad, personal y posibles cruces. Después, comparar alternativas con sus costos de construcción, superficie ocupada e implicaciones operativas. Los responsables de ejecutar esas tareas deberían participar: su experiencia puede complementar tanto la visión arquitectónica como las hipótesis financieras.
El ejercicio no sustituye los estudios técnicos ni garantiza la rentabilidad. Permite hacer visibles supuestos que de otro modo podrían llegar sin contrastar al presupuesto de operación.
Cuando un hotel abre, sus muros, instalaciones y recorridos ya condicionan buena parte del trabajo diario. Corregirlos puede exigir nuevas inversiones, interrumpir el servicio o aceptar durante años una fricción evitable. Por eso, incorporar la mirada operativa desde el diseño es una forma de cuidar el capital invertido, las condiciones del equipo y la experiencia del huésped.
Para propietarios y desarrolladores, la pregunta decisiva es qué recursos exigirá cumplir cada día la promesa del hotel y cómo se reflejan en la viabilidad del proyecto. La rentabilidad seguirá dependiendo del mercado, el financiamiento y la gestión; el diseño establece parte de las condiciones en que esa gestión tendrá que responder. Un buen proyecto deja preparado el edificio para sostener el servicio mucho después de la inauguración.
Para comentar, así como para ver ciertos contenidos de Hosteltur, inicia sesión o crea tu cuenta
Inicia sesiónEsta opinión no tiene comentarios.