2 octubre, 2026 (05:50:16) Por Juan Cabrillana Cancelas, en Distribución
La curiosidad no se jubila: otra forma de viajar después de los 75 años
Tengo comprobado que cuando alguien cumple 75 u 80 años, en la industria del turismo se tiende a asumir que sus ganas de ver mundo han terminado.
Mi experiencia acompañando a personas mayores por España y Europa me dice justo lo contrario: la curiosidad no se jubila.
Lo que sí cambia, y mucho, es el ritmo.
A los 25 años a casi todos nos parece bien madrugar a las seis de la mañana, correr de un museo a otro y hacer tres horas de cola para ver una catedral. Aguantamos el palizón porque asumimos que ya descansaremos al volver.
Pero a los 75 la mirada es otra. No hay ninguna gana de correr ni de tachar monumentos en una lista. Lo que se busca es disfrutar de lo que se tiene delante sin tener que mirar constantemente el reloj.
Cuando viajas con alguien de esta edad, te das cuenta de que el verdadero valor del viaje está en cosas muy sencillas: sentarse a desayunar tranquilamente, tomar un café en una plaza mirando a la gente pasar, visitar un museo sin prisas o poder cambiar los planes de la tarde simplemente porque la persona prefiere descansar un poco en el hotel.
Si le quitamos al viaje la prisa y el estrés de la logística, la experiencia cambia por completo.
Muchas veces, el mayor freno para que una persona mayor vuelva a hacer las maletas no son las piernas ni los achaques, sino el miedo. Miedo a no poder seguir el paso del grupo, a ponerse mala lejos de casa o a ser un estorbo para sus familiares.
No se trata de tratarlos como si fueran frágiles, sino de darles la tranquilidad necesaria para que vuelvan a disfrutar.
Detrás de cada viaje a esta edad suele haber una razón importante. Hay quien quiere cumplir un sueño que fue posponiendo toda la vida porque trabajaba o criaba a sus hijos, quien quiere volver a un lugar lleno de recuerdos, o quien busca hacer un viaje tranquilo con sus nietos.
Este cambio de mentalidad debería hacer reflexionar a hoteles, agencias, restaurantes y empresas turísticas.
La población está envejeciendo y al mismo tiempo, muchas personas mayores tienen una vida activa, capacidad económica y desean seguir haciendo cosas.
No quieren que se les trate como personas frágiles simplemente por su edad.
Quieren sentirse independientes.
Pero también quieren tener la tranquilidad de saber que, si necesitan ayuda, alguien estará ahí.
Ahí aparece un concepto fundamental: la personalización.
No basta con asignar una habitación en la planta baja y etiquetarla como adaptada. Es necesario entender la realidad física y emocional de quien viaja: saber cuántos metros camina con soltura, si prefiere espacios tranquilos, qué ritmo de descanso necesita tras las comidas con quien viaja o qué temas le apasionan de verdad. Atender esos matices es la única forma de ofrecer una propuesta a la altura.
Todas esas preguntas forman parte del viaje y también forman parte de una nueva manera de entender el turismo senior cuando los viajeros tienen más de 75 u 80 años
Ojalá el turismo empiece a entender que hacerse mayor no significa dejar de querer descubrir el mundo. Solo significa que hemos aprendido a valorar el tiempo y que preferimos ver menos cosas, pero vivirlas mejor.
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