Madrid responde

¿Dónde comer un buen bocata de calamares?

Si hay un bocado que representa la esencia más castiza de Madrid, ése es el bocadillo de calamares fritos. Sencillo, sabroso y absolutamente popular, forma parte de la identidad gastronómica de la ciudad tanto como una caña bien tirada o una tarde en la Plaza Mayor.

Su historia es tan humilde como deliciosa: aunque el pescado empezó a llegar a la capital en el siglo XVI, no fue hasta el XVIII -y especialmente desde mediados del XIX con la llegada del ferrocarril- cuando los productos del mar comenzaron a consumirse con regularidad. La presencia de taberneros andaluces, expertos en rebozados, contribuyó decisivamente a consolidar la tradición.

El calamar, apreciado por su textura, su versatilidad y su precio asequible, pronto se convirtió en protagonista de los mostradores madrileños.

A mediados del siglo XX, El Brillante, inaugurado frente a la estación de Atocha en los años 50, elevó el bocadillo de calamares a la categoría de icono. En este bar de barra interminable y aire castizo -donde en días festivos se llegan a despachar más de dos mil bocatas-, el pan crujiente, la fritura perfecta y el ambiente popular se unen en una experiencia cien por cien madrileña.

Pero el epicentro indiscutible de este clásico sigue siendo la Plaza Mayor y sus alrededores. Allí, la costumbre dicta acercarse a alguno de sus bares para disfrutar del bocata acompañado de una cerveza fría.

Entre los más conocidos se encuentran La Campana, famosa por sus calamares grandes, dorados y bien rebozados; Los Galayos, que los prepara con pan rústico de chapata; Casa Rúa, en una de las esquinas de la plaza, toda una institución; y Magerit, el primer restaurante que instaló terraza en la plaza y que ofrece tapas tradicionales con un toque moderno.

También merecen una parada La Ideal, otro clásico junto a la plaza, y el Bar El Pescador, en la Puerta de Toledo, centenario y conocido por sus raciones de calamares y sus bocadillos recién fritos.

En los alrededores, el Valle del Tiétar mantiene la esencia del bar madrileño de siempre, mientras Casa Baranda, en el corazón de Malasaña, rinde homenaje a la taberna castiza con su versión del bocata.

Y para quienes prefieren los calamares servidos en plato, el Bar Santurce, en El Rastro, los ofrece en ración, acompañados de sus célebres sardinas a la plancha.

El bocadillo de calamares es, en definitiva, más que una receta: es un ritual madrileño, un emblema popular que atraviesa generaciones. De las tabernas del XIX a los bares más concurridos del centro, este sencillo bocata sigue siendo la manera más sabrosa de sentirse, por un instante, un auténtico madrileño.

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