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La alargada sombra del desarrollismo sobre el turismo español

La obsesión por el crecimiento marcó modelos de negocio y transformó paisajes 24 febrero, 2020
  • Históricamente, el desarrollo del turismo en España se ha basado en grandes volúmenes
  • España tuvo dos fases de desarrollismo: en la década de 1960 y en los 2000, en plena burbuja inmobiliaria
  • Los destinos maduros podrían transformarse en laboratorios del turismo sostenible

La industria turística española siempre ha tenido un hambre voraz. Desde sus inicios en los años 60, los destinos de sol y playa fueron pensados para las masas. Ello marcó modelos de negocio y transformó paisajes. Fue también el inicio de una obsesión: el crecimiento a toda costa. ¿Podrá el turismo español dejar atrás la alargada sombra del desarrollismo?

Nuestra historia comienza en la década de 1950. La España franquista intenta dejar atrás un duro período económico que viene desde la posguerra. El racionamiento de alimentos se había prolongado hasta 1952. La apertura económica al exterior es imprescindible.

En 1959 arranca el primer “Plan de Estabilización”. Le seguirán tres “Planes de Desarrollo Económico y Social” durante las décadas de 1960 y 1970. Las importaciones de maquinaria, materiales, etc, permiten poner en marcha nuevos polos industriales.

El déficit de la balanza comercial se logra compensar con las remesas de dinero que envían los emigrantes y las divisas que traen los viajeros extranjeros. El turismo, casi de la noche a la mañana, se convierte en uno de los pilares estratégicos de la economía española.

Una cuestión de volumen

Sin embargo, el turismo de sol y playa que comienza a desarrollarse en España a partir de las décadas de 1950 y 1960 tiene poco que ver -en la mayoría de los casos- con otros destinos más elitistas.

Los clubes náuticos de la Costa Azul francesa, las estaciones de esquí de los Alpes suizos o los balnearios de la Selva Negra en Alemania son otra historia. Un modelo inalcanzable, al menos a corto plazo.

Aquí la prioridad es otra: crecer lo más rápido posible, trayendo cada vez más y más turistas. En la España de los años 50 hay hambre. Literalmente.

Pero ese planteamiento y condiciones de pobreza en las que nace el turismo español moderno llevan intrínsecos una serie de contrapartidas que han perdurado hasta la actualidad.

Y todo esto nos lleva a una reflexión que hace años venimos oyendo en diferentes foros: “El modelo turístico de sol y playa español solo puede sobrevivir trabajando con grandes volúmenes”

¿Pero es así, es cierto?

Hemos trasladado esta pregunta a Moisés Simancas, profesor titular de Geografía Humana en la Universidad de La Laguna y subdirector de la Cátedra de Turismo Caja Canarias-Ashotel.

“Sí. El crecimiento turístico de cualquier destino se ha basado históricamente en las amplias escalas de producción y el volumen. Así, resulta necesario atraer cada vez más turistas para conseguir un crecimiento económico, siendo los márgenes comerciales en el turismo relativamente estrechos”, puntualiza.

Así pues, tenemos un problema. O varios en realidad.

"Este modelo basado en altas escalas de producción presenta unos costes crecientes particularmente en el ámbito social, territorial y ambiental"

“Este modelo basado en altas escalas de producción presenta unos costes crecientes particularmente en el ámbito social, territorial y ambiental. Y también unas debilidades: dependencia de la comercialización externa o el bajo gasto realizado en destino", explica Simancas.

"Estos sólo son compensados por la ampliación de la escala de producción, es decir, con el objetivo de batir nuevos récords de llegadas. De hecho, la mera paralización en las cifras de llegadas de turistas ha conducido históricamente a situaciones de crisis económica”.

Podemos echar un vistazo rápido a unas cifras demoledoras. En 1959, España recibió 4,2 millones de turistas extranjeros. En treinta años (una generación) esa cifra se disparó hasta los 46,8 millones de viajeros. Un aumento superior al 1.000%.

¿La historia se repite?

A veces parece que tropezamos dos veces con la misma piedra. Un viaje en coche por el litoral mediterráneo, circulando por la autopista de norte a sur de la Península, nos permite ver en rápida sucesión a lo largo de nuestro viaje decenas de barbaridades urbanísticas.

Sin embargo, no siempre se trata de construcciones de los años 60 y 70, sino mucho más recientes.

Hablamos con Luis Falcón, arquitecto urbanista, CEO de la empresa inAtlas, firma especializada en big data y analítica de localización.

“El concepto `desarrollismo` tiene una connotación negativa pero no necesariamente tenemos que verlo así”, explica. Y es que según matiza, una cosa es lo que ocurrió en la década de 1960 y otra, muy diferente, lo que pasó a partir de 1999…

Luis Falcón: “En España podemos identificar dos fases de desarrollismo. La primera va desde la década de 1950 hasta 1973, cuando se para debido a la crisis del petróleo”

“En esa primera fase es cuando el régimen franquista apuesta por el desarrollo de dos sectores económicos: la industria -principalmente en Cataluña y el País Vasco por un lado- y el turismo de sol y playa por el otro, con el fin de introducir capital extranjero. Para ello, se apoyan en la Ley del Suelo de 1956, que da seguridad jurídica a los inversores”.

“La segunda fase del desarrollismo se produce en la década de los años 2000 y se fundamenta en la Ley del Suelo de 1998 aprobada por el gobierno Aznar. Pero aquí ya no hablamos del desarrollismo del turismo, como en la década de 1960, sino desarrollismo de la construcción, del sector inmobiliario”, remarca Luis Falcón.

“Antes había tres tipos de suelo básicamente: urbano, urbanizable y rústico. Lo que dice la nueva Ley de 1998 es: todo el suelo rústico -excepto el protegido- es urbanizable", indica.

"Eso daba carta blanca para que los ayuntamientos cogieran cualquier trozo de tierras y lo pudieran urbanizar, aunque no llegaran hasta allí carreteras o infraestructuras básicas. Lo cual nos lleva a un modelo extensivo de vivienda unifamiliar que tapiza la costa española, sin ningún criterio", añade Luis Falcón.

"Donde más impacto tuvo fue en la Comunidad Valenciana y la Región de Murcia. Creció el PIB de España, sí, pero a costa de convertir la costa en una alfombra de chalets y apartamentos”.

Casualmente, o para nada, en esa época todo el mundo comienza a hablar de “turismo residencial”. Sin embargo, Luis Falcón ve ese concepto como “un intento de blanquear toda esa especulación urbanística en toda regla”.

En cualquier caso, añade, aquí entraríamos en un debate que da para muchas páginas y sesudos informes: ¿A partir de cuántos días de estancia una persona deja de ser un turista para convertirse en un residente?

“Esto es algo que varía en cada comunidad autónoma por normativas e incluso jurisprudencia. Y toda esa discusión ha llegado hasta hoy, cuando se discute cómo regular la vivienda vacacional de alquiler”.

Pero volvamos al boom urbanístico de los años 2000. “Aquello tenía un objeto a corto plazo: vender suelo y viviendas. Poco tiene que ver con un desarrollo turístico”.

Sin embargo, ante la opinión pública española, en los medios de comunicación, en los debates radiofónicos, “todo se mezcla y el turismo se ha asociado al ladrillo”, opina Luis Falcón.

Quizá sea a partir de ese momento cuando la mala reputación del turismo se intensifica en España, debido a las oleadas de construcciones en la costa más recientes.

Moisés Simancas lo ve del siguiente modo: “El turismo se equiparó a urbanismo y la inmediatez del negocio inmobiliario y la especulación del suelo, favoreciendo la improvisación y el ‘desarrollismo’. El resultado final fue el triunfo del sector inmobiliario turístico sobre el turístico stricto sensu".

"Sin embargo, esta dinámica expansiva no puede mantenerse indefinidamente, máxime cuando los límites de absorción de turistas sin un deterioro de las condiciones sociales y ambientales a largo plazo se van haciendo más visibles”, añade Simancas.

En cualquier caso, hay un dato revelador: durante la década de los años 2000 (en plena vorágine inmobiliaria-especulativa y construcciones a manta en la costa) el peso del turismo en la economía española fue cuesta abajo.

Según refleja la Cuenta Satélite del Turismo elaborada por el INE, la aportación de la actividad turística al PIB descendió del 12% al 10% a lo largo de ese período.

Plan 2020

Quizá algunos recordarán ahora el famoso “Plan del Turismo Español Horizonte 2020”. Fue lanzado en 2008 a todo bombo y platillo.

Preveía inversiones por valor de 1.500 millones de euros anuales que debían aportar conjuntamente todas las administraciones implicadas.

“Cuando se ve la proporción y escala de lo que había pasado con las construcciones en la costa, es cuando se lanza el Plan Turismo 2020, que pone el foco en la renovación de los destinos maduros, para no seguir construyendo y ocupando territorio”, explica Luis Falcón, recordando los debates que se llevaron a cabo entonces.

Sin embargo, en septiembre de ese mismo año ocurrió algo que lo envió todo al garete: quebró el banco de inversión Lehman Brothers. Comenzaba la crisis financiera global.

La burbuja económica española pinchó con un gran estruendo: se paralizaron inversiones, entidades financieras tuvieron que ser rescatadas y la tasa de paro se disparó al 25%

Como consecuencia de la crisis económica global, la llegada de turistas extranjeros a España cayó un 8,9% en 2009. En esos momentos y con una recesión galopante en España, ¿quién se acordaba de los planes de reconversión de destinos maduros?

Pero entonces, en diciembre de 2010, ocurrió otra cosa que salvó al turismo español durante la siguiente década: comenzó en Túnez una revuelta que se extendió por otros países. Estallaba la Primavera Árabe.

En los años siguientes la situación se complicó mucho más con atentados terroristas, golpes de Estado, guerras en Oriente Medio...

Los turistas perciben inseguridad en muchos países y fijan sus miradas en España, considerado un destino refugio.

A lo largo de este convulso período nuestro país pasa de recibir 53 millones de turistas extranjeros al año a 83 millones. Un aumento del 56% en menos de una década.

Con la presión que ello conlleva ya no solo en los destinos de playa, sino también en la nueva meca del turismo de masas: las ciudades.

Un crecimiento acelerado que de nuevo despierta los fantasmas del pasado ¿A qué precio -social, medio-ambiental- se ha pagado este nuevo boom turístico? ¿Es sostenible?

Corregir la obsolescencia

Así que volvemos al punto de partida, a los destinos maduros de sol y playa.

La “herencia” del desarrollismo, apunta Moisés Simancas, debe ser corregida. En realidad, se trata de “corregir la obsolescencia” de esos lugares repletos de hoteles, apartamentos, espacios públicos y todo tipo de establecimientos comerciales. Para que vuelvan a ser competitivos.

“Uno de los principales retos actuales es la intervención ‘de reciclaje’ y rejuvenecimiento de las áreas turísticas de litoral, sobre todo, las pioneras, que se ubican en los lugares más privilegiados de la costa, en detrimento de la generación de nuevos espacios turísticos”, dice Simancas.

“La incorporación de nuevos alojamientos y equipamientos de servicios deben limitarse a proyectos singulares y que aporten elementos de innovación al destino”, añade.

Cambio de paradigma

Reconvertir un destino maduro no es en absoluto un proceso fácil. Ya se vio con el Plan 2020: la mayoría de los proyectos piloto que se lanzaron hace más de una década acabaron fracasando por diferentes factores: la crisis, falta de inversiones, escasa coordinación entre los actores públicos y privados…

Por otra parte, ahora la sociedad está cada vez más sensibilizada con la sostenibilidad y el cambio climático. Incluso en los principales mercados emisores europeos surgen movimientos como la “Vergüenza de volar”.

Hay quien ve una oportunidad para transformar los destinos herederos del desarrollismo en un nuevo paradigma del turismo sostenible

“Si hablamos de turismo, no hay nada más sostenible que la concentración urbana en los destinos de sol y playa”, afirma categórico Luis Falcón. “Una mayor concentración significa más eficiencia energética, menos pérdidas de agua, menor contaminación por transporte dentro del destino...”.

Benidorm sería el paradigma de este modelo, dice Luis Falcón. “Es el turismo industrial bien entendido, con la playa más limpia de toda España”.

Y es que según apunta este arquitecto urbanista, “el futuro del planeta dependerá de nuestros hábitos de consumo y con la ayuda de la tecnología los destinos de sol y playa podrán ser más sostenibles, impactando menos en el territorio".

"Es decir, los destinos de sol y playa, gracias a sus economías de escala y porque concentran un gran número de personas y actividades, permiten implantar y hacer rentables esas tecnologías ecológicas en temas de transporte, movilidad, residuos, etc", explica Luis Falcón.

"Si quieres ser sostenible, la concentración urbana es clave. Si crees que, para ser sostenible, la alternativa es que vengan menos turistas o pretendes dispersar los visitantes en un amplio radio, es que no entiendes cómo funciona un territorio”, añade este urbanista.

El legado

Llegados a este punto, quizá convenga revisar el mismo concepto de “crecimiento”.

Alba Lajusticia, coordinadora del Observatorio de Turismo de Barcelona, apunta: “El análisis cuantitativo y en términos de crecimiento es consecuencia directa de percibir el turismo como un sector económico, asimilándolo como una empresa donde el crecimiento responde al buen funcionamiento y si no existe se ha fracasado”.

Ahora bien, añade, el turismo es mucho más. “Responde a la necesidad intrínseca de la sociedad de satisfacer su curiosidad y adquirir conocimiento”. La gente va a querer viajar, es una cuestión vital.

“Eso supone que medir el éxito en base al crecimiento cada vez responde menos a los objetivos de los destinos turísticos, sobre todo a los maduros”.

Por ello, concluye esta experta “si tenemos en cuenta el crecimiento que el turismo tendrá, el objetivo final es gestionarlo de tal manera que el legado que deje sea beneficioso para el conjunto del destino y de la sociedad a todos los niveles”.

Planificación con todos los actores

Si los destinos de sol y playa quieren avanzar hacia un desarrollo más sostenible, necesitarán poner en marcha planes que incluyan “procesos de gobernanza turística”. Así lo apunta Moisés Simancas.

“Se trata de una perspectiva más inclusiva de gobierno, donde los actores no gubernamentales adquieren más protagonismo”, dice.

Eso significa que “los actuales procesos de planificación del turismo deben alejarse del habitual modelo burocrático y de control jerárquico, caracterizado por imposiciones descendentes”.

Pero habrá que ir más allá de la mera información o consulta. “Cada vez es más evidente la necesidad de formular políticas públicas de turismo sostenible acorde con las expectativas y acciones de los actores”.

Convertir destinos en ciudades

“Si quieres desestacionalizar los destinos de sol y playa, tienes que convertirlos en ciudades, con la complejidad que ello conlleva”, opina Luis Falcón

Muchos destinos maduros tienen amplias zonas donde solo hay hoteles y establecimientos, áreas que quedan vacías en temporada baja. Según opina este arquitecto urbanista, para reinventar esos lugares debería contemplarse “la residencialización en un sentido positivo".

La idea es convertir esos destinos en ciudades, con una masa crítica de vecinos que permitiera mantener negocios abiertos todo el año. "Estarás introduciendo el conflicto, pero también una riqueza que te va a permitir competir en el siglo XXI. ¿Cuál es el otro modelo? Las grandes parcelas para hoteles tipo resort. Pero ahí compites con Turquía, República Dominicana y México”.

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Este reportaje ha sido publicado en la revista HOSTELTUR de enero-febrero y puede descargarse como documento PDF en el siguiente botón de enlace

Avatar redactor Xavier Canalis Periodista de Hosteltur

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