Diario 5329 22.07.2018 | 15:03
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España: El miedo al terrorismo y la recesión complican el verano a las agencias de viaje, que buscan nuevos destinos

8 julio, 2002
Israel: zona de guerra; Egipto: posibilidad de atentados; Estados Unidos: un temor similar; Argentina: inestabilidad y riesgo de altercados sociales… El mapa del turismo gira sobre su eje este verano de 2002 y mira hacia otro lado en un intento por dejar atrás la crisis económica y el miedo al terrorismo. Algunos destinos tradicionales han quedado vetados desde que las Torres Gemelas se convirtieron en la tumba de más de 3.000 personas y el nombre de Bin Laden acabó convertido en sinónimo del "Mal". Los turistas sueñan con la tranquilidad y las agencias de viaje intentan dársela con ofertas y precios más bajos, en un negocio que vive una de sus temporadas más complicadas.
Israel: zona de guerra; Egipto: posibilidad de atentados; Estados Unidos: un temor similar; Argentina: inestabilidad y riesgo de altercados sociales… El mapa del turismo gira sobre su eje este verano de 2002 y mira hacia otro lado en un intento por dejar atrás la crisis económica y el miedo al terrorismo. Algunos destinos tradicionales han quedado vetados desde que las Torres Gemelas se convirtieron en la tumba de más de 3.000 personas y el nombre de Bin Laden acabó convertido en sinónimo del "Mal". Los turistas sueñan con la tranquilidad y las agencias de viaje intentan dársela con ofertas y precios más bajos, en un negocio que vive una de sus temporadas más complicadas. Dos meses después del 11-S, la Organización Mundial del Turismo elaboró un informe sobre los efectos de los ataques en el sector. Su conclusión fue contundente, pero no catastrófica: los «impactos externos pueden redistribuir geográficamente y afectar a la estacionalidad de los flujos turísticos, pero no pueden detenerlos». A punto de iniciarse la primera temporada veraniega tras aquellos atentados -y la posterior guerra de Afganistán, que hizo bullir el radicalismo en algunas zonas de la franja islámica-, el análisis parece que dio en la diana. «Se está vendiendo bien, sin alegrías, pero la crisis se ha superado. Aunque siguen existiendo recelos hacia algunos destinos», afirma Jesús Ortiz, director adjunto de zona de Viajes Iberia. Esa desconfianza al observar ciertos puntos -Oriente Próximo, por ejemplo- ha variado determinadas costumbres, pero no ha roto una tendencia: la de viajar en verano. «Esa psicosis que se vivió a primeros de año, el miedo a volar, va desapareciendo», recalca Ortiz. Tampoco la desaceleración económica parece influir en los deseos del ciudadano medio por alejarse del entorno habitual. Según un análisis del Instituto de Estudios Turísticos, dependiente del Gobierno, entre enero y septiembre de 2001 los españoles realizaron 39 millones de viajes turísticos. En esta ocasión, y a pesar de la incertidumbre inicial, «las cifras pueden ser similares, lo cual será un éxito si se tienen en cuenta las circunstancias», apunta Juan Carlos Tomás, director comercial de Viajes Halcón. «Si el español se ha apretado el cinturón, lo habrá hecho ahorrando en ropa o en comidas, pero las vacaciones gloriosas no se las quita nadie. Es el carácter de este país: "Si viajo, lo hago con todas las consecuencias"», razona. Una mentalidad que explica, por ejemplo, que un 71% de los españoles tenga decidido irse de vacaciones, según un estudio elaborado recientemente por la compañía Europe Assistance. La cuestión es dónde. Algunos "grandes" destinos han quedado tocados. Estados Unidos o Egipto han sido sustituidos por estancias más sosegadas dentro de la Península, en los dos archipiélagos -el 48% de los ciudadanos pasará sus vacaciones en España, señalaba el informe de Europe Assistance-, o en otros enclaves de Europa. Lo cual no es óbice para que "paraísos" tradicionales como el Caribe mantengan su "glamour". Pero ese «cambio de hábitos», como lo define José Manuel Maciñeiros, presidente de la Asociación Empresarial de Agencias de Viaje Españolas, está generando dentro del sector un movimiento telúrico que, cuando cese, no dejará en pie a todo el mundo. La necesidad de atraer clientes en una coyuntura en retroceso obliga a ciertos esfuerzos: por ejemplo, lanzamiento de ofertas y bajada de los precios hasta un límite peligroso. «Casi no hay márgenes», reconoce Jesús Ortiz. Y si para las "grandes" es difícil mantener el ritmo, los establecimientos de menor tamaño ven un futuro cada vez más nublado. «Lo del 11 de septiembre es una fecha de referencia, pero las cosas habían empezado a cambiar antes. El proceso de concentración, que ya se ha dado en Estados Unidos, empieza a trasladarse a Europa. Es algo normal», dice Maciñeiros. España cuenta con 8.500 puntos de venta y alrededor de 4.000 empresas dedicadas a este tipo de ocio, según los datos de AEDAVE. Esto significa que muchas sociedades apenas cuentan con una oficina. Competir con emporios que disponen de más de 600 locales, vinculados, además, con compañías aéreas, se hace complicado. Y eso sin contar con que las retribuciones de las aerolíneas se están reduciendo y que los usuarios cada vez postergan más la confirmación de sus reservas; dos factores que añaden incertidumbre. La salvación de las más pequeñas pasa así por su especialización y por fidelizar a una clientela reducida, a veces insuficiente para cubrir gastos. Nueve meses después de los atentados, «la situación tampoco es para echarse a llorar», remacha Maciñeiros. Y Juan Carlos Tomás lanza una reflexión: «Si en lugar de ocurrir en septiembre, los atentados ocurren un 11 de junio, antes de las vacaciones, entonces sí hubiese sido catastrófico». (D.G., diario Sur, 08/07/06)

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