Distritos culturales, derechos de propiedad y sostenibilidad turística

Un post de Sheila Sánchez Bergara, en Economía

12 de Febrero del 2018

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En los últimos tiempos, muchas ciudades en las que el turismo tiene un papel relevante, andan a la búsqueda de un modelo urbano que les permita ganar en competitividad y, a la vez, hacer frente a los retos de la sostenibilidad. Independientemente del modelo organizativo elegido, la estructura de un destino es reflejo de las condiciones del mercado, así como del sistema de derechos de propiedad imperantes. En las últimas décadas, cada vez son más frecuentes los ejemplos de ciudades reconvertidas, no sólo a través de nuevas infraestructuras y espacios de consumo, sino también de nuevas identidades o, al menos, de la imagen que de ellas se proyecta, con el propósito de atraer turistas.

Ciudades como Bilbao o Glasgow son claros ejemplos de un fenómeno, muy propio de nuestra era, en el que las ciudades ven el turismo como un recurso potencial en su transición hacia una economía de servicios. Con este propósito, desarrollan diferentes acciones como la reconstrucción espacial, el establecimiento de espacios seguros, la realización de procesos de intervención sobre el patrimonio y llevan a cabo campañas de marketing, que reconstruyen y resignifican la propia ciudad. Hace pocas semanas, en una clase con los estudiantes del Máster en Destinos Turísticos Sostenibles y Planificación Turística Territorial de Ostelea, pude comprobar que mis estudiantes, con una media de edad inferior a los 30 años, identificaban Glasgow con una ciudad vibrante, joven, atractiva, dinámica, en la cual las actividades culturales tienen un rol relevante. Esta imagen dista mucho de su pasado industrial y forma parte de las transformaciones experimentadas por esta ciudad en torno a la concesión de Capital Europea de la Cultura en 1990.

Entre las diferentes estrategias de desarrollo que se suelen adoptar, merecen especial atención los distritos culturales por el atractivo turístico que generan. Este modelo tiene sus raíces históricas en los distritos industriales y se caracteriza por: 1) la naturaleza idiosincrática de los bienes producidos y; 2) la interdependencia de las empresas que lo conforman. La primera característica supone que la creación, producción y distribución de los bienes se fundamenta en la transmisión de conocimiento tácito, la experiencia personal, los gustos y estilos de vida de las personas involucradas, así como las instituciones sociales y organizaciones industriales creadas al efecto. Por otra parte, la segunda característica implica la generación de externalidades positivas, como el intercambio de insumos especializados, una mayor circulación de la información, facilidad para verificar la calidad de los bienes y servicios, así como para encontrar contratistas.

Si bien los distritos culturales son concebidos como una especial fórmula de producción de bienes tradicionales basados en la creatividad y la cultura, que presentan un fuerte vínculo con el territorio en el que se ubican, existen varias tipologías compatibles y complementarias entre sí. Más que una distinción conceptual que simplifica la realidad, esta clasificación permite identificar diferencias en las instituciones en las que se fundamentan y el tipo de reglas que los gobiernan. Esta forma de producción está estrechamente ligada al sistema productivo italiano, de ahí que varios ejemplos emblemáticos provengan de esa geografía: la cerámica en Caltagirone, Sicilia, la joyería en Arezzo o los pesebres en San Gregorio Armeno en Nápoles son claros ejemplos de distritos culturales industriales. El distrito enogastronómico de Langhe, en Piamonte es un exponente claro y exitoso de la modalidad de distrito cultural institucional. La ciudad de Turín puede ser mencionada como un referente del distrito cultural museístico, mientras que el barrio del Raval, en Barcelona es un caso representativo de distrito cultural metropolitano. Entre ellos se diferencian por el tipo de productos y servicios que ofertan y por la forma en la que han sido creados. Así, mientras el distrito cultural industrial suele ser el resultado de un patrón histórico de evolución, el institucional es consecuencia de la asignación de derechos de propiedad intelectual, el museístico proviene de políticas públicas y el metropolitano de políticas urbanas.

En esta área, son emblemáticos los trabajos de Walter Santagata y otros investigadores italianos vinculados al Css Ebla Economia della cultura, delle instituzioni e della creatività. Los estudios realizados por este grupo evidencian patrones de desarrollo endógeno local más sostenibles en comparación con otros modelos turísticos, como pueden ser el de destino resort o de 5 estrellas o el de la ciudad histórica. Entre las contribuciones más destacadas de los distritos culturales al desarrollo sostenible cabe resaltar el fomento del desarrollo endógeno, la provisión de innovación tecnológica, la compartición de la información, la regulación del mercado y el fomento de vínculos idiosincráticos entre los diferentes actores del territorio.

Si bien muchas investigaciones sobre los distritos culturales se han enfocado en las denominadas industrias creativas y culturales, este es un campo de especial interés también para el sector turístico. Por una parte, porque la cultura local, en un sentido amplio, suele ser una de las principales motivaciones para el viaje. Por otra, porque un modelo en el cual una aglomeración de empresas e instituciones comparten objetivos, actúan en sinergia, colaboran y, en conjunto, contribuyen a reforzar los lazos culturales de un territorio, resulta útil y eficiente para la gobernanza de una ciudad donde el turismo desarrolle un rol relevante.

Otro aporte significativo respecto a cómo los distritos culturales pueden ser un modelo más sostenible para organizar una ciudad turística, es el trabajo de Russo y Segre (2009). Esta investigación, fundamentalmente conceptual, propone un modelo al que denominan Distrito Turístico Creativo. Este tipo de distrito se caracteriza por tener su base en el compromiso de los visitantes con la experiencia turística. Persigue mejorar el bienestar de la comunidad residente a través de su participación en el desarrollo del turismo, al tiempo que promueve la satisfacción de los visitantes, fundamentalmente, a través de su intervención en manifestaciones de la cultura y el conocimiento local. Es decir, se propone que la cultura sea el principal activo no sólo del sector cultural, sino también de todo el sistema de acceso al territorio mediante el reforzamiento de las relaciones entre los diferentes sectores de producción creativa (ej. gastronomía, diseño, festivales y otras manifestaciones artísticas, artesanías, entre otros). Este escenario, a su vez, estimula el establecimiento de vínculos emocionales por parte de los turistas con el capital cultural local, al tiempo que promueve oportunidades de negocio para preservar y valorizar los componentes intangibles del destino.

Tal y como se comentaba al inicio, uno de los elementos fundamentales en la organización de un destino es la estructura de los derechos de propiedad. En el caso de los distritos culturales existe una amplia literatura que sugiere que la introducción de derechos de propiedad colectivos promueve el desarrollo de productos basados en la cultura local. Si bien existen casos en los que los efectos no han sido positivos. El, antes mencionado, estudio de Russo y Segre hace hincapié en la importancia de los derechos de propiedad colectiva sobre los elementos intangibles que conforman la cultura de un territorio. Lo cual añade un elemento diferenciador respecto a otros modelos turísticos en los que priman los derechos de propiedad individual.

Entre los derechos de propiedad colectiva que más incidencia tendrían en los distritos culturales están las marcas colectivas, las indicaciones geográficas y las denominaciones de origen. Este tipo de derechos permite la introducción de normas y procedimientos de inspección, la creación de un ambiente de confianza y cooperación entre las micro y pequeñas empresas locales y tiene un efecto magnificador de la reputación del destino gracias a su capacidad de generar servicios comunes de marketing y financiación. Esta estructura se presenta más acorde a la naturaleza compuesta del producto turístico y a la necesidad de las ciudades de ofrecer una oferta global de calidad y sostenible.

Pese a todo lo anterior, este es un campo que precisa de muchos más estudios empíricos. No todos los casos estudiados han sido exitosos, existen varios efectos negativos a evaluar, especialmente en distritos culturales metropolitanos, donde la transformación urbana ha alimentado procesos de gentrificación. Por otra parte, hasta el momento no existen investigaciones concluyentes sobre cómo diseñar sistemas de derechos de propiedad colectivos que favorezcan la innovación, salvaguarden la cultura y contribuyan al desarrollo local. Por lo cual, la búsqueda de modelos urbanos que respondan mejor a los retos de la tan manida sostenibilidad, pasa necesariamente por cuestionar y repensar la estructura de los derechos de propiedad, tangible e intangible, imperantes en la ciudad.

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