El post: Transparencia y gobernabilidad

Si en alguna ocasión habéis observado a un bebé jugando al cucú-tras, habréis podido deducir la lógica que rige su comprensión del juego. Esto es algo –la percepción distorsionada de uno mismo y del entorno– que su tierna edad justifica y explica, pero que perdería todo sentido si se extendiera en el tiempo más allá de lo habitual. Así, se le puede ver escondiendo la cara detrás de sus manos menudas y, con este simple gesto, imaginarse a resguarde de cualquier observador, invisible ante otras miradas. No te veo, no me ves.

Mentir, mentirse a uno mismo para engañar a los demás, es un ejercicio arriesgado que nos acaba convirtiendo en víctimas de nuestras propias artimañas: algo que se da [indistintamente] tanto en el ámbito personal como en el de las organizaciones. Quizás por ello y mientras avanzamos en el camino de tejer principios sólidos para la buena gobernabilidad de las instituciones públicas, no esté de más recordar el valor de la transparencia.

He aquí, recopilados, algunos preceptos básicos:

  1. La transparencia requiere valentía para analizar aciertos y equivocaciones, para reconocerlos sin temor y aceptar los resultados aun cuando éstos no sean los esperados. Implica capacidad para generar el clima de confianza suficiente para dar cabida a la tolerancia al fracaso y al reconocimiento del error como vía de aprendizaje.

  2. Sólo se puede ser trasparente desde la coherencia, cuando se hace lo que se dice. Es necesario que la transparencia forme parte de la naturaleza de las organizaciones, que se integre en su esencia y se manifieste en cualquier actividad. Para ello, es necesario que las administraciones apuesten por integrarla en todos los ámbitos de actuación, incluida la interrelación entre sus miembros.

  3. Ejercerla es un deber, pero también un derecho. La transparencia abre las organizaciones al juicio y reconocimiento de la sociedad. Implica capacidad de responder –en cualquier momento– de la gestión realizada, de la toma de decisiones o del uso de los recursos. Pero a su vez, la transparencia –cuando se ejerce de manera adecuada– legitima a las instituciones para reivindicar un espacio de autonomía para la acción.

  4. Define cómo se toman las decisiones. La transparencia no es un argumento político ni de gestión potestativo. Su ausencia permite jugar regates cortos, pero resta valor institucional a largo plazo y supone conformarse con avanzar con rumbo incierto mientras se renuncia a la visión de largo alcance.

  5. Es la base para establecer vínculos perdurables en el tiempo. Sólo las organizaciones que actúan y se gestionan de manera transparente llegan a establecer relaciones de confianza. Los lazos que se construyen son de reciprocidad, lo que hace de la transparencia el instrumento más efectivo para generar confianza y certeza, para fortalecer los vínculos de una institución con sus miembros y con la sociedad.

  6. Transparencia y corresponsabilidad se retroalimentan mutuamente. No es factible compartir misión, visión, valores ni objetivos desde la opacidad. Las administraciones responsables son aquellas que logran identificar, de manera efectiva, qué es lo que pueden y deben hacer; las transparentes, además, saben transmitirlo adecuadamente para convertirse en espacios compartidos y democráticos en los que integrar tanto a sus miembros como a la ciudadanía, en la búsqueda permanente por dotar de un mayor valor a lo público.

  7. No admite gradaciones maliciosas. Se puede faltar a la transparencia de palabra, obra u omisión, pero las medias verdades siempre han sido [indiscutiblemente] medias mentiras. La transparencia implica mostrarnos –en tanto que organizaciones– tal como somos: sin adornos, sin tapujos, sin añadir ni quitar nada. Pero también supone hacerlo con la suficiente claridad para que el dato y en el relato, además de ciertos, sean inteligibles.

  8. La implicación y el compromiso institucional mal entendidos conducen a la falta de transparencia, dando lugar a políticas paternalistas dirigidas a “proteger” las organizaciones de las consecuencias de sus propias decisiones y de sus actos. De esta manera, se repliegan sobre si mismas, se niegan cualquier posibilidad de avance que surja de la autoevaluación y las hace impermeables a las evidencias.

  9. Cuando falta transparencia, la comunicación se convierte en un mecanismo de defensa: se invierten más esfuerzos en controlar los flujos de información que en convertirlos en efectivos. Es en este proceso cuando el término se desvincula de la realidad y se expone al desgaste, ya sea por exceso en el uso discursivo, por defecto en el uso efectivo o por ambas a la vez.

  10. La transparencia exige profesionales íntegros y honestos. No existe transparencia posible hacia fuera, más allá de las instituciones, que no nazca del compromiso real y previo de cada una de las personas que la integran. Por ello, las administraciones deben ser competentes para explicitar el cómo, el marco de funcionamiento.

Nota: La foto que encabeza este apunte está tomada desde The Ledge, un mirador ubicado en el piso 103 de las Sears Tower"s de Chicago. El Skydeck –“un piso en el cielo”, como también se lo conoce– pende de la fachada del edificio, a 412 metros de altura. Construido íntegramente en vidrio, este particular balcón ofrece al visitante una vista insólita de la ciudad. Encontré la imagen aquí.

Anna Cabañas
Post extraído de su blog Amb lletra de pal
 

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