El futuro del turismo en el campo de Cartagena

Un post de Raúl Travé Molero, en Economía

04 de Septiembre del 2017

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Mientras el invento de la turismofobia ayudaba a llenar páginas y páginas de la prensa nacional, generalista y especializada en turismo, en la Región de Murcia el verano ha estado marcado por dos viejos problemas que demandan soluciones desde hace décadas: los vertidos agrícolas al Mar Menor y la contaminación de la Sierra Minera, que además también afecta a las aguas de la laguna salada.

Tras más de un año de polémicas alrededor de la situación ambiental del Mar Menor llegamos al comienzo de la temporada de verano (y la acabamos) entre discursos contradictorios. Por un lado, los anuncios triunfalistas del gobierno regional que aseguraba que ya no había vertidos y que la recuperación de la calidad de las aguas era casi total. Por otro, frente a este optimismo, los grupos ecologistas denunciaban tanto el deterioro de este frágil ecosistema marino como la persistencia de los vertidos de nitratos. En paralelo, las quejas y las manifestaciones ante la inmovilidad institucional de unos agricultores que no quieren ser los malos de esta película, y la alarma con sordina del sector turístico que teme que la mala imagen y el aspecto de las aguas del Mar Menor desinflen la demanda. Finalmente, la mayoría de la población, dividida entre quienes dependen de una forma u otra de la agricultura o del turismo (o ambas) para llegar a final de mes, observa y espera entre pasiva y perpleja algún tipo de solución.

El hecho innegable es que cada día se sigue vertiendo aproximadamente una tonelada de nitratos y otros residuos agrícolas. Es cierto que hace un año eran cuatro toneladas diarias, pero esta reducción no parece suficiente para conseguir el objetivo de recuperar ambientalmente la laguna, ni para satisfacer las expectativas de los visitantes, ni siquiera para permitir que la agricultura, tal y como funciona actualmente, alcance sus objetivos.

-Rambla con vertidos de la agricultura intensiva al Mar Menor (mayo 2016). RTM.

Una reflexión ecuánime sobre los problemas del Mar Menor no debe dejar de lado la apuesta política por el altamente especulativo turismo residencial, en detrimento de otros modelos menos depredadores con el territorio y más fácilmente gestionables desde un punto de vista ambiental y urbanístico. En cualquier caso, llegados aquí, lo que nos queda es dilucidar responsabilidades y proponer soluciones. Si bien es cierto que la agricultura tiene que adaptarse a un modelo mucho más respetuoso con el medio ambiente, que además le aportaría valor añadido, y que se deben vigilar y eliminar los regadíos ilegales, también el turismo tiene que someterse a una reconversión que lo aleje del modelo especulativo, reduzca drásticamente el consumo de agua y permita la participación y el control de las comunidades locales, acercándolo a un modelo ecoturístico. Los beneficios de este tipo de alternativas para las comunidades han sido demostrados en múltiples ocasiones. Entre otros aspectos positivos, como apunta el informe de Ostelea School of Tourism and Hospitality sobre turismo ecológico y sostenible, el ecoturismo alcanza un retorno de hasta el 95% en las economías locales.

En ambos, casos desde la Comunidad Autónoma y desde los Ayuntamientos, se deben plantear políticas de gestión urbanística que apuesten por la articulación territorial, el transporte público, la recuperación y reutilización -demolición incluida en algunos casos- de urbanizaciones fantasma, la depuración y aprovechamiento de aguas, las energías renovables y la ordenación y protección de los espacios naturales de la comarca.

Por otro lado, en la Sierra Minera de Cartagena-La Unión se han disparado unas alarmas que deberían haber sonado hace al menos 25 años de haber contado con gobiernos regionales responsables. El estudio de José Matías Peña, investigador de la UPTC, ha demostrado que hay transferencia de metales pesados de los suelos contaminados de la sierra a los habitantes de la zona, siendo especialmente preocupante la presencia de estos elementos en los suelos del colegio de El Llano del Beal. Los alumnos de este centro presentan concentraciones de metales pesados y metaloides -zinc, plomo, cadmio, bromo, mercurio, etc.- hasta cien veces por encima de lo normal. Estos contaminantes arrastrados por las escorrentías acaban, además, en cantidades nada desdeñables (anualmente 2,1 kilogramos por metro cuadrado de material erosionable con alto contenido de metales pesados), en las aguas del Mar Menor.

-Las huellas de la explotación minera junto a El Llano del Beal. RTM.

Si la apuesta turística por la Sierra Minera, que va desde la consolidación del parque minero de La Unión hasta la regeneración de la Bahía de Portmán y la creación de un nuevo destino turístico, pretende ser de largo alcance y no una mera, aunque carísima, campaña de imagen política, como ya hemos visto antes en la Región de Murcia, esta apuesta pasa imprescindiblemente por un modelo participativo que atienda las demandas históricas de la población de la comarca, por la descontaminación y recuperación ambiental de la sierra y por la valorización de su maltratado patrimonio material e inmaterial. Desgraciadamente los antecedentes no son halagüeños, poco se ha hecho más allá de la polémica regeneración de la balsa Jenny que, según la investigación de José Matías Peña, sigue representando un peligro por su toxicidad para los pueblos de la sierra.

En un artículo de 1998, el profesor de la UMU José Luis Andrés advertía de la dificultad de transformar antiguas cuencas mineras en destinos turísticos y señalaba el elevado precio de descontaminar este tipo de territorios, paso imprescindible para aspirar a tener cierto atractivo turístico. En el caso de la Sierra Minera de Cartagena-La Unión puede que la inversión sea muy elevada, pero sin ella no hay futuro y que éste no sea turístico es el menor de los problemas.

En definitiva, la implementación de medidas orientadas a la sostenibilidad ambiental y social permitiría dar carpetazo a problemas endémicos del campo de Cartagena al tiempo que se crearían nuevas oportunidades de desarrollo.

*Raúl Travé Molero es PDI de Ostelea School of Tourism and Hospitality e investigador del GRIT.

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