No es turismofobia

Un post de Alfonso Vargas Sánchez, en Economía

15 de Agosto del 2017

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La Real Academia Española define fobia como la “aversión exagerada a alguien o a algo”. El turismo, por más que se visualice como una industria sin chimeneas, tiene sus externalidades negativas, que es preciso conocer para poder regularlas y minimizarlas, pero no por ello el turismo, sin más, debe ser estigmatizado: no podemos pasar por alto que todos, en mayor o menor medida, ejercemos como turistas. Hemos de aquilatar bien, por tanto, a qué tipo de turismo se dirige esa fobia.

Su poderosa dimensión económica ha gozado siempre del protagonismo del discurso oficial: se trata de una industria importantísima en lo que a generación de empleo y renta se refiere, y además en crecimiento; no merece la pena cansar con cifras recurrentes. Más tarde empezaron a colocarse los focos de la opinión publicada en sus impactos ambientales, y estos asuntos empezaron a tomarse más en serio. Ahora, este verano, los problemas sociales vinculados al turismo han estallado con toda su virulencia, de forma que ya ningún responsable (público o privado) puede hacer oídos sordos a los mismos, ni tan siquiera dejarlos en un segundo plano o restarles trascendencia, como ha ocurrido hasta este momento. Ha llegado la hora de, también, tomarlos más en serio. El primer paso para resolver un problema es reconocerlo, y esta es la parte positiva de todo el culebrón mediático generado cuan “serpiente" estival.

Diría que nunca se habló tanto del turismo como en estos meses, pese a no ser una problemática nueva en cuanto a su existencia. De hecho, este estallido social en algunos destinos se ha ido larvando durante años, fruto del éxito de los mismos (tal y como el éxito –erróneamente- ha venido entendiéndose, tan sólo en términos cuantitativos, en una carrera ciega por batir cada ejercicio récords de viajeros y pernoctaciones) y de un determinado modelo de desarrollo turístico que lo ha propiciado (primando la cantidad y la concentración sobre la calidad y la desconcentración) y en el que la población residente ha venido siendo el eslabón perdido. Ahora esos residentes expresan su rechazo a determinados excesos y reclaman sus derechos, lo cual significa ser tenidos en cuenta en la toma de decisiones. Por más obvio que resulte, no debería olvidarse que son quienes, a la postre, votan en esos lugares y eligen a sus gobernantes.

Una vez que el conflicto ha saltado a la luz de forma tan llamativa, es importante, llegados a este punto de ebullición, no perder el foco de la raíz del problema.

-El problema no está en el turista, salvo en casos de comportamientos incívicos (sobre los que volveré más adelante). No es justo ni inteligente focalizar ahí la acción reivindicativa de cambios.

-El problema tampoco está en los modelos “low cost”. Gracias a ellos más personas pueden permitirse viajar, y viajar más veces, y ello es una conquista social. Además, parte del crecimiento del sector está ahí, y responde a una sociedad cada vez más dual. El turismo como actividad exclusivamente elitista es parte del pasado.

-El enemigo no está en las nuevas tecnologías que posibilitan nuevos modelos de negocios como las plataformas que están en el ojo del huracán y que conectan consumidores con determinados proveedores de servicios (de alojamiento, transporte, etc.). No tiene sentido poner puertas al campo ni negar que la realidad de los hechos irá por delante, pero ello no es óbice para que la actividad de estos nuevos operadores se regule convenientemente, es decir, de forma equilibrada y pensando en el interés general.

-Tampoco en el crecimiento per se, sino en el tipo de crecimiento (tipo de turista, época del año…) y en la gestión que se hace del mismo y de la consiguiente capacidad de asimilarlo.

El problema está en:

-La masificación, lo que exige cambiar de patrón y de manera de medir el éxito, de forma que ambos (modelo y métrica) primen la calidad de vida de quienes, de forma permanente o temporal, residen en un determinado núcleo de población. Un modelo que establezca capacidades de carga y ponga las bases para su efectivo cumplimiento (evitando el sobredimensionamiento de la oferta y su efecto perverso sobre la sostenibilidad), que busque la desconcentración geográfica y temporal de los flujos turísticos (asignando medios e infraestructuras a tal fin), y que incorpore más allá del discurso criterios de sostenibilidad (no sólo económica y ambiental, sino también social). Nadie dice que esto sea fácil, pero es un camino que debe empezar a recorrerse cuanto antes y que requerirá determinación por parte de los gobernantes, aparte de capacidad de gestión para afrontar una complejidad creciente.

-Haber agudizado la confrontación de intereses. Del mismo modo que no se recomienda mezclar el vino con el agua, cuando se mezclan el derecho de la población local a preservar su cultura autóctona, su hábitat y hábitos, su modo de vida (que incluye el derecho al descanso, entre otras razones porque han de trabajar)…con el derecho del turista al ocio, a la fiesta, a unos ritmos horarios diferentes, el conflicto está servido. Esto es, sobre todo, una cuestión de planificación urbanística, lo cual no significa que unos y otros no puedan coexistir ni compartir determinados servicios. Los derechos de unos no tienen por qué superponerse a los de los otros: es cuestión de planificar y regular adecuadamente los espacios ciudadanos, incluidos los de ocio.

-La falta de urbanidad. Lamentablemente los comportamientos educados, respetuosos con los demás y con el entorno, escasean, y aún más en un contexto masificado. Parece que esto ha dejado de inculcarse en la medida necesaria: es un problema general de la sociedad actual. El turismo es también educación: requiere educación para apreciar el valor de aquello que se contempla, sea un bien de interés cultural con siglos de antigüedad o un patrimonio natural de extraordinario valor ecológico. Educación para conocer y respetar la cultura local: la condición de turista, aunque gaste mucho, no confiere patente de corso para hacer cualquier cosa. Quien quiera mezclarse con la comunidad que le acoge (por aquello de la autenticidad de las experiencias) debe respetar sus pautas y ritmos de vida: esta es una regla elemental de urbanidad que, con demasiada frecuencia, parece haberse olvidado, en una “suerte” de egocentrismo exacerbado.

¿Y cuáles son las soluciones?

Resumiría diciendo que la solución está en la combinación de:

-Intensificar las capacidades de gestión para regular el sistema: la entrada de turistas (con identificación de capacidades de carga), la oferta de alojamiento (incluida, por supuesto, la de los apartamentos turísticos, que de forma tan acusada ha crecido al calor de las plataformas tecnológicas referidas más arriba), los flujos de turistas en los destinos (buscando su desconcentración)…Las tecnologías, con todo lo que se ha dado en llamar destinos turísticos inteligentes, nos pueden ayudar bastante.

-La educación para el turismo. Un país volcado en la industria turística tiene que ser un país con una sólida educación para el turismo, desde la escuela y en un sentido amplio, cuyos ciudadanos valoren y hagan valorar los recursos de todo tipo (patrimonio cultural, natural…) en los que se sustenta; y donde lo que se vende es precisamente esto: el valor y el disfrute respetuoso de esos recursos, no el libertinaje, lo que también ayuda a segmentar el mercado y a atraer turistas de un determinado perfil.

-Pero también diría que hemos de cambiar el concepto: más que de gestionar el turismo, se trata de gestionar núcleos de población en los que coexisten residentes permanentes (la llamada comunidad local) con residentes temporales (los turistas), a quienes hay que prestar servicios (en alguna medida distintos) y quienes han de contribuir equitativamente (intuyo que las tasas turísticas acabarán generalizándose) al sostenimiento de los mismos, a la par que respetar las normas del lugar. Esta gestión se verá condicionada por el hecho de que la proporción de unos y otros puede variar significativamente a lo largo del año (la estacionalidad, por más que se combata, seguirá existiendo). En todo caso, la sensación de saturación no es buena para nadie (tampoco para la experiencia que se le ofrece al visitante).

Por tanto, y a modo de corolario, la fobia no es contra el turismo, sino, básicamente, contra la masificación invasiva y sus consecuencias, cuando ésta genera externalidades negativas inaceptables (la gente está diciendo ya en muchos destinos que lo son, habiendo pasado a la fase de antagonismo conforme al clásico modelo Irridex de Doxey). El turismo es una actividad económica cada vez más compleja, con fuertes implicaciones ambientales y sociales, que requiere de capacidades organizativas y de gestión reforzadas, que incluyen recursos tecnológicos y humanos altamente cualificados. Esta es, hoy, otra de sus caras.

P.D.: Más sobre este tema en https://www.hosteltur.com/comunidad/005598_quo-vad...

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