Consideraciones sobre la relación entre turistificación y gentrificación

Un post de Jose Mansilla, en Economía

01 de Abril del 2018

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Foto de Andrés Mansilla

Asistimos este año al cincuenta y cuatro aniversario del nacimiento de un término, el de gentrificación, creado por la socióloga británica Ruth Glass para describir la dinámica que entonces vivía el londinense barrio de Islington. Pese al más de medio siglo que el concepto lleva sobre con nosotros, éste continua siendo objeto de un interesante debate abierto que ha sido capaz, además, de saltar desde el ámbito académico al popular.

Así, cuando hoy día hablamos sobre gentrificación estamos haciendo referencia a algo más que a los simples y tangibles proyectos de renovación urbana e inmobiliaria a los que se solía circunscribir el término hace unas décadas. Esto es debido, entre otras cosas, a que el mundo urbano -sobre todo el Occidental- es hoy día muy distinto al que conoció Ruth Glass. El capitalismo embridado de la década de los 50s y 60s que ella estudió, dio paso, posteriormente, a una nueva versión, el neoliberal, a finales de los 70s. Bajo el mismo, las ciudades dejaron de ser aquellos espacios que daban soporte físico a la actividad productiva -principalmente industrial-, y recogían y mantenían las formas de reproducción necesarias para la vida social en dimensiones separadas física y simbólicamente, para convertirse en ámbitos casi completamente dominados por unas relaciones sociales de producción que desbordan los muros de las fábricas.

Esto es así, entre otras cuestiones, porque cuando las industrias abandonaron las ciudades, trasladando su actividad a las periferias del sistema-mundo, el sector inmobiliario, las actividades comerciales, las finanzas o el turismo, entre otros, vinieron a ocupar el vacío dejado por la producción fabril clásica. Además, sectores tradicionalmente alejados de los procesos mercantiles, como la sanidad, la educación, el ocio y el deporte e, incluso, las propias calles y plazas, fueron incorporados a la vorágine de la acumulación capitalista, de forma que, de una forma u otra, hoy día quedan pocos aspectos de aquella vida social alejados de las prácticas mercantiles. En este sentido, la gentrificación pasa a ser un proceso más amplio e incluye una subversión total del paisaje urbano -no solo a nivel inmobiliario, sino también en cuanto a formas de consumo, sociabilidad, etc.-, afianzando su carácter de clase. Solo aquellos grupos sociales que pueden -y quieren- asumir tales prácticas son capaces de sobrevivir en la ciudad contemporánea; unos sustituyen a los otros.

El turismo, bajo determinadas y muy específicas condiciones sociales, culturales, económicas pero, sobre todo, políticas, puede llegar a tener un elevado protagonismo en la determinación de las mencionadas relaciones sociales de producción en las ciudades. Esto es así porque cuenta con algunas características que lo hacen único. Entre las mismas podríamos destacar, por un lado, su carácter transversal -interrelaciones con el mercado inmobiliario, el comercio de proximidad, las prácticas de movilidad, las formas de ocio, etc.-, y, por otro, la dependencia que puede llegar a generar cuando su protagonismo es preponderante; escenario que se suele denominar como turistificación. Aquellos territorios donde el turismo ocupa gran parte de su esfera social -como los ejemplos, entre otros, del Barri Gòtic de Barcelona o áreas cada vez mayores de ciudades como Venecia- ven tan radicalmente transformado su contexto más inmediato -con potentes desplazamientos de población, museificación, privatización y apropiaciones de sus espacios cotidianos, etc.- que difícilmente pueden mantener el tejido humano que una vez los hizo únicos.

Es precisamente ahí donde podemos señalar alguna de las principales diferencias entre los procesos de gentrificación y turistificación. Mientras que en el primero de los mismos uno de los elementos determinantes es, precisamente, la sustitución de un tipo de población de clase popular o baja, por otro de clase media o media-alta, en las dinámicas turistificadoras no se produce esta sustitución, al menos con carácter estable, ya que no existe una población fija que venga a sustituir a la desplazada. En general, como en los casos antes mencionados de Barcelona o Venecia, los espacios turistificados se ven, poco a poco, vaciados, despoblados. Los cambios en el paisaje urbano, por otro lado, no obedecen a necesidades de consumo elitistas o exclusivas típicas de las dinámicas gentrificadoras, sino a las necesidades de los turistas, las cuales van desde objetos de regalo y suvenir, hasta las necesidades más básicas de alimentación, transporte, etc. Este y otros aspectos son tratados por la Escuela Universitaria de Turismo Ostelea mediante su participación y organización de determinados foros.

Sin embargo, esto no quiere decir que ambas prácticas no se encuentren relacionadas o, incluso, que lleguen a confundirse. Las áreas urbanas turistificadas y/o gentrificadas unifican a los turistas y a las clases medias en aquello que el filósofo francés Henri Lefebvre denominara "un espejo de su realidad", esto es, espacios caracterizados por un mundo social donde todo tiene su lugar y se encuentra etiquetado y clasificado para su propia tranquilidad.

En definitiva, el origen de la, a veces, íntima relación entre turismo y gentrificación se encontraría en un modelo de ciudad pensado, no tanto para las relaciones de vecindad y como ámbito supremo de la sociabilidad, sino, más bien, como importante eslabón del proceso productivo global. El resultado es una ciudad cada vez más exclusiva, y por tanto, excluyente, que acaba por no ser capaz de integrar a todos sus habitantes, ya sea sustituyéndolos o, llegado el caso, sencillamente expulsándolos.

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